Por
los aires.
<<Bien Rumiel, ahí tienes otra vez tu tejado. Bueno,
mejor dicho, ahí no lo tienes. Espero
que esta vez no se haga demasiado añico al aterrizar>>.
Se
ajustó las gafas y se dispuso a revisar las fórmulas que tenía anotadas ante sí
mientras hacía aspavientos con la mano para apartar el humerío. El frío que se
introdujo por su túnica bajando por la espalda le avisó de que no quedaban
muchas horas para que amaneciera. Se estremeció con un escalofrío. No le
quedaba mucho tiempo, y aquello aún
no estaba preparado. Y él no estaba preparado para decirle a quien se lo había
encargado que eso no estaba listo.
Nadie está nunca preparado para que su cabeza empiece a rodar por el suelo.
-
Es que no termino de entender qué puede haber salido mal…
-
¡Brruaak! ¡Salido!
Del
sobresalto estuvo a punto de derramar sobre la mesa todos sus frascos.
-
Oye, si no quieres que te desplume como aquella vez mantente calladito.
Necesito pensar y…
-
¡Necesito desplumarte! ¡Brruuuak!
Le
fulminó con la mirada. Su madre dijo que aquel pajarraco le haría compañía,
pero en contra de todo pronóstico, solo servía para que el silencio de la
soledad le pareciera mucho más atractivo. ¿No podía haberle regalado un pez? Hay
ocasiones en las que una madre puede llegar a ser más peligrosa que cualquier
experimento fallido. El problema, lo que diferencia a ambos, es que a una madre
no le puedes decir que no lo vuelva a hacer mientras te arrodillas entre sollozos
y con la túnica carbonizada.
No.
No surtiría efecto. Porque en lugar de escucharte su mente estaría analizando
las mil formas que existen para dejar la túnica reluciente. Y si su marido
andaba cerca, probablemente le concediera a él los honores. Ya pasó una vez.
Optó
entonces por no responder a Polly. Ni siquiera le había dado la oportunidad de
decidir el nombre del loro. Porque evidentemente él no había tenido nada que
ver. Claro que no.
Tratando
de concentrarse en lo que estaba leyendo, llegó a la conclusión de que aquella
empresa era la tarea más difícil a la que había tenido que enfrentarse. No
cabía duda. Otras veces había incendiado su casa, cambiado el clima provocando
fuertes tormentas, envenenado todo el campo de los alrededores, desintegrado
alguna parte de su cuerpo… Pero siempre valía la pena, porque SIEMPRE daba con
la clave. Por el contrario, aquella vez tenía una choza descapotable y un
caldero que no paraba de borbotear.
-
A ver, repasemos…
800 g de galletas
100 g de mantequilla
50 g de azúcar
½ vaso de agua
200 g de chocolate
Dos vasos de
leche
- Bien…
Quizás debería haber cambiado la pizca de aluminio por la de azúcar. Quizás
debería tener más cuidado con el orden alfabético en el que coloco los botes
sobre la estantería. Sí, puede que ahí esté el fallo. Aunque me resulta extraño
que el aluminio no se lleve bien con el agua…. – Arqueando una ceja, giró un
poco la cabeza y echó un vistazo al bote del que había extraído el líquido. En
la polvorienta etiqueta, aun se podía leer aquello de “Agua…” pero al pasar el
dedo gordo por la superficie y apartar
una gruesa y densa capa de partículas ambientales, pudo leer la palabra “…fuerte”.
– Bien, Rumiel, eso es. Qué diría mamá si viera esto. Un “te lo dije” bastante
afilado seguramente.
- ¡Te lo
dije!
- ¡¿Quieres
cerrar el pico de una v…?!
Llamaron
entonces a la puerta.