lunes, 31 de diciembre de 2012

Capítulo II


Por los aires.

<<Bien Rumiel, ahí tienes otra vez tu tejado. Bueno, mejor dicho, ahí no lo tienes. Espero que esta vez no se haga demasiado añico al aterrizar>>.

Se ajustó las gafas y se dispuso a revisar las fórmulas que tenía anotadas ante sí mientras hacía aspavientos con la mano para apartar el humerío. El frío que se introdujo por su túnica bajando por la espalda le avisó de que no quedaban muchas horas para que amaneciera. Se estremeció con un escalofrío. No le quedaba mucho tiempo, y aquello aún no estaba preparado. Y él no estaba preparado para decirle a quien se lo había encargado que eso no estaba listo. Nadie está nunca preparado para que su cabeza empiece a rodar por el suelo.

- Es que no termino de entender qué puede haber salido mal…
- ¡Brruaak! ¡Salido!

Del sobresalto estuvo a punto de derramar sobre la mesa todos sus frascos.

- Oye, si no quieres que te desplume como aquella vez mantente calladito. Necesito pensar y…
- ¡Necesito desplumarte! ¡Brruuuak!

Le fulminó con la mirada. Su madre dijo que aquel pajarraco le haría compañía, pero en contra de todo pronóstico, solo servía para que el silencio de la soledad le pareciera mucho más atractivo. ¿No podía haberle regalado un pez? Hay ocasiones en las que una madre puede llegar a ser más peligrosa que cualquier experimento fallido. El problema, lo que diferencia a ambos, es que a una madre no le puedes decir que no lo vuelva a hacer mientras te arrodillas entre sollozos y con la túnica carbonizada.
No. No surtiría efecto. Porque en lugar de escucharte su mente estaría analizando las mil formas que existen para dejar la túnica reluciente. Y si su marido andaba cerca, probablemente le concediera a él los honores. Ya pasó una vez.

Optó entonces por no responder a Polly. Ni siquiera le había dado la oportunidad de decidir el nombre del loro. Porque evidentemente él no había tenido nada que ver. Claro que no.

Tratando de concentrarse en lo que estaba leyendo, llegó a la conclusión de que aquella empresa era la tarea más difícil a la que había tenido que enfrentarse. No cabía duda. Otras veces había incendiado su casa, cambiado el clima provocando fuertes tormentas, envenenado todo el campo de los alrededores, desintegrado alguna parte de su cuerpo… Pero siempre valía la pena, porque SIEMPRE daba con la clave. Por el contrario, aquella vez tenía una choza descapotable y un caldero que no paraba de borbotear.

- A ver, repasemos…
800 g de galletas
100 g de mantequilla
50 g de azúcar
½ vaso de agua
200 g de chocolate
Dos vasos de leche

- Bien… Quizás debería haber cambiado la pizca de aluminio por la de azúcar. Quizás debería tener más cuidado con el orden alfabético en el que coloco los botes sobre la estantería. Sí, puede que ahí esté el fallo. Aunque me resulta extraño que el aluminio no se lleve bien con el agua…. – Arqueando una ceja, giró un poco la cabeza y echó un vistazo al bote del que había extraído el líquido. En la polvorienta etiqueta, aun se podía leer aquello de “Agua…” pero al pasar el dedo gordo por la superficie  y apartar una gruesa y densa capa de partículas ambientales, pudo leer la palabra “…fuerte”. – Bien, Rumiel, eso es. Qué diría mamá si viera esto. Un “te lo dije” bastante afilado seguramente.

- ¡Te lo dije!
- ¡¿Quieres cerrar el pico de una v…?!

Llamaron entonces a la puerta.

domingo, 30 de diciembre de 2012

Capítulo I


Notó algo frío en la palma de su mano. Bueno, no era exactamente frío, pero teniendo en cuenta la temperatura ambiente en la que se encontraba, podríamos decir que producía una sensación agradable al contacto con la piel. Estaba acostumbrado a los días de calor, a que las piedras se derritieran por no ser capaces de pedir un cubo de agua fría, a que el camino serpenteara titilando bajo los descorazonados rayos de sol, a que… a que los pensamientos se evaporaran como el agua. Sí, a todo eso debías estar acostumbrado cuando te tocaba trabajar tantas horas bajo el sol.

¿Trabajar?

-Grrmf…

Con lentitud, el párpado se fue despegando de su colchón y la primera imagen que tuvo delante de sus narices fue el mismo trozo de tierra que había visto antes de que se cerraran sus ojos. Pero le llamó la atención descubrir que seguía estando a la misma altura. Recobrando un poco la conciencia, sintió que el brazo lo tenía bastante entumecido, y entonces comprobó que se había quedado dormido sobre el rastrillo.
Su primera reacción recién despierto, fue levantar rápido la cabeza, limpiarse el hilo de baba que se había derramado desde la comisura de su boca y observar a su alrededor esperando que el capataz estuviera a una distancia prudente.

Es decir, que no estuviera.

-Parece que me he librado una vez más – Se dijo a sí mismo, sin poder evitar que la sonrisa apareciera en su rostro.

Se echó el rastrillo al hombro, recogió su bolsa y empezó a andar.
···
Cuando llegó a casa el reloj acababa de marcar las doce de la noche y la tormenta rugió a sus espaldas. Cerró la puerta tras de sí, con un portazo. Estaba cansado, y eso le ponía de muy mal humor. Echó un rápido vistazo a la estancia, por calificarlo de alguna manera. Y  no encontró una mísera botella de cerveza en ese radio de búsqueda. Gruñó. Estaba aún más enojado.

Con paso lento y pesado, dejó la espada y el casco que le identificaban con el cargo de guardia del pueblo sobre la mesa. A algún gracioso se le había ocurrido la idea de que dos casas juntas y un corral se merecía la denominación de pueblo. Y a alguien aún más gracioso, y no sin cierta inclinación hacia las bromas pesadas, se le había ocurrido que él fuera el guardia de… aquello. No podía quejarse, sin embargo. Allí nunca pasaba nada. En otras palabras, le pagaban por vigilar a la nada. No es que fuera un trabajo difícil, claro está. A pesar de no tener apenas formación, era consciente de que tenía la capacidad para ejercer el cargo. El problema surgía cuando veía que tenía que cumplir con el llamado horario laboral. Si le preguntaban cuál era su opinión sobre aquel dichoso horario laboral, diría sin dudar un ápice que es “un arma de esos tiempos modernos que corren que usan los cerdos de los nobles para matar lentamente a las personas”. Lo que no conseguía entender era por qué alguien iba a querer deshacerse de él.

Se encogió de hombros. Y entonces vio el botellín.

Usando el borde de la mesa como abridor, se sentó a degustar aquel líquido. Digno de los dioses. No de dioses demasiado importantes, pero dioses al fin y al cabo. Contempló el crepitar del fuego, intentando hacer caso omiso a la soledad, que se acomodaba a su lado en el ancho sillón.

- Hace frio esta noche, ¿eh jefe?
- Oh, cállate. Te dije que a final de semana no tengo humor para tus tonterías.
- Yo solo venía a hacerte un poco de compañía…
- ¿No tienes a nadie más a quien molestar?
- ¿Ves? Precisamente por respuestas como esas me veo obligado a tener que venir a visitarte.
- Eres libre de irte, ahí tienes la puerta. Tendrás que empujar un poco para que se abra porque en invierno el cerrojo se congela.
- ¿Sabes? A mí me gusta esto tan poco como a ti, Capitán. Y no me pienso ir porque tengo el deber de…
- Mira, vivo solo. Siempre he vivido solo. Cuando nací mi madre empleaba su tiempo en pensar la manera de darme el pecho sin tener que acercarse demasiado a mí. Y mi padre me enseñó a usar la espada sin estar conmigo. Así que no me vengas a estas alturas con tus payasadas de tener que hacerme compañía porque…
- Desde luego, desde que Myriam se fue tu humor ha ido de mal en peor.
- ¿En serio vas a sacar el tema de Myriam ahora?
- No soy yo. Eres tú el que está pensando en ella. Yo solamente soy uno de tus muchos alter egos. Me dedico a externalizar tus pensamientos. Con suerte, no todos.

Suspiró.

- Sí, yo tampoco entiendo qué había de interés en las montañas para que tuviera que irse.
- En serio, hazme el favor.
- Está bien, está bien. ¿Queda más cerveza?

Esbozó una media sonrisa, cansada, y ni siquiera se puede afirmar que fuera una sonrisa. Más  bien una mueca.

- Ahora sí se nota que eres uno de mis yo.