lunes, 15 de junio de 2015

Relato de un mago

Relato de un mago
Rumiel Fiztharbert, componente del grupo de los héroes de Vinegs, habla por primera vez en exclusiva para El Correo de Nim

Por Theo Howden

750 del año de Meriele
Nim

El mago se sienta a hablar, mirándome con la expresión de quien está acostumbrado a que se le escuche.

No era para menos[1]: en su juventud había vivido incontables aventuras que cualquier niño de aldea estaría deseando escuchar, y ya sabéis que esos diablillos tienen por costumbre contarles a sus padres que han hablado con un extraño, y más en los tiempos que corren. Es así como el boca a boca hizo que todo el mundo supiera quién era él, quién se escondía detrás de esa máscara de arrugas y expresión desdeñosa[2]. Es así como me enteré de que él había formado parte del grupo, aquellos que se atrevieron a salir de la región de Gamdhir, la confortable, conocida y humana Gamdhir, para llegar a Rhiëg-Dur, en las profundidades del mundo, abandonada por los enanos, supuestamente, hacía siglos. Aquellos que se sumergieron en el mar de Fâlor, donde cuentan que recuperaron la voz de las sirenas para que les ayudaran a alcanzar las islas malditas de Vinegs, el lugar de la última batalla. Un sitio al que nadie en todo Nirembelth osaría acercarse a no ser que se le hubiera perdido algo importante, y si las leyendas son ciertas, estos no solo encontraron lo perdido, sino que además, se dice que el enano aprovechó para hacerles un gesto obsceno a los dioses. Entre otras cosas.

Y yo estoy aquí para eso, para descubrir que todo fue verdad, que no es una invención de un viejo mago loco.

Un carraspeo me saca de mi ensimismamiento. Aquella era la primera entrevista que iba a hacer para reconstruir lo que sin duda sería uno de los capítulos más importantes de la historia de Nirembelth. O eso, al menos, esperaba yo. El mundo merecía conocer qué fue lo que sucedió en realidad, merece saber por qué sigue en pie, y yo también necesitaba un descanso de malvivir en posadas que olían a…

Un nuevo carraspeo.

- Bueno, ¿empezamos o no? – La voz del mago suena carcomida por la magia que corre por sus venas, y no solo es una forma épica de decir que estaba empezando a impacientarse.
- Sí, claro, señor Fitherbert. Si prefiere, me gustaría que empezara por…. – Cojo la pluma y la entinto, presto a anotar cada palabra que saliera de aquella boca anciana.

- Gracias, gracias, joven, pero sé perfectamente por dónde tengo que empezar. – Responde, secamente, reacomodándose en su viejo sillón y colocando las manos en los posabrazos. Con los ojos levemente cerrados, empieza a hablar con su voz desvencijada. Casi me dan ganas de echarle desengrasante:

- Como imagino que sabrás, porque de alguna manera habrás llegado a mi propia casa, mi vida como mago es ya de por sí una caja de sorpresas. Hay una aventura esperándote en cada rincón de la casa (no me voy a entretener explicándote por qué, y si quieres saberlo, lee alguno de mis libros). Pero lo cierto es que mi aventura comenzó en el sitio y en el momento en el que menos me lo esperaba, una cálida noche de verano, hace ya muchos años, mientras estaba sentado en una de las tantas posadas que puedes encontrar aquí, en Nim…

Empiezo a escribir.

***

Corría el año 675 de Meriele. La vida se había tornado dura desde que  comenzó la Gran Decaída. Los más ancianos hablaban de una sombra que se estaba cerniendo sobre todas las razas de Nirembelth[3]. Sin embargo, lo cierto era que el ambiente cada vez era más sombrío, enfatizado por el malestar social que se acrecentaba en las calles.

En Gamdhir, la región de los humanos, la situación estaba siendo especialmente cruenta. Estaban siendo azotados por hambrunas y miserias que habían provocado que sus vidas, tranquilas y seguras antaño, se tornaran duras. Los caminos se habían vuelto peligrosos: se asesinaba a sangre fría[4] por un mendrugo de pan duro, o simplemente para robar la capa de abrigo o lo que fuera. Daba igual. Cualquier cosa que se pudiera vender o usar para sobrevivir era bien recibida. Las vidas tenían un precio y, por desgracia, era más bajo que el de las pertenencias. La solución más viable para todos esos problemas se les escabullía como un pez cuando le va a dar caza un oso torpe. Los humanos no eran grandes artesanos como los shaylees de las tierras de Fâlor, la ciudad sumergida, por lo que no podían ofrecer nada especial al resto de Nirembelth; tampoco eran capaces ya de vivir en la naturaleza al más puro estilo ellet porque se habían acostumbrado a la comodidad de las ciudades y las casas; y, por descontado, vivir en un clima tan nefasto como al que se tenían que enfrentar los rothkars en la isla volcánica del norte, estaba fuera de toda posibilidad. Además, las clases más pudientes no se dignaban a poner en manos del reino de Gamdhir sus fortunas para que la economía tuviera alguna oportunidad de reactivarse.

- Y no les daba asco verse reflejados en las copas de oro de sus palacios de mierda. Ponlo, ponlo así en el texto, joven. Pon que esos hijos de puta no pusieron a disposición sus riquezas, y que les importaba un carajo que la gente muriera a sus pies de hambre en las calles de Nim.

Protección de los intereses privados lo llamaban.
- ¿Cómo fue usted capaz de sobrevivir?
- Eso, joven, solo lo saben los dioses. Sin embargo…

Sin embargo, el Pony Risueño seguía en pie, siempre dispuesto a ofrecer un hueco para aquellos que quisieran remojar las gargantas en cerveza y olvidarse de la realidad por un momento, a base de chistes y bromas. A Rumiel le pareció la imagen más escalofriante que había visto en su vida. Hombres fornidos bebiendo alcohol. Se encogió como si tuviera ganas de echar a correr, pero el agotamiento que se reflejaba en su rostro fue el empujón que necesitó para seguir andando hacia la taberna. Después de la reunión con el gobernador, tras haber intentado hacerle entender en qué consistía la magia y que no pasaba nada porque un par de campesinos tuvieran ovejas de colores y vacas que maullaran, era lógico que se sintiera desfallecer. “No entienden de hacer negocios”, fue la frase que catapultó a Rumiel fuera de la Sala de Vistas con una patada en…

- Recuerdo ese día como si fuera ayer, ¿sabes? Por más años que pasen, jamás olvidaré a ese granjero Wellhem tratando de enseñarle a su vaca a volver a mugir.

La risa del viejo mago sale a borbotones, provocándole un ataque de tos. Le acerco un pañuelo. Él lo rechaza, pero con educación. No está acostumbrado a que la gente sea amable con él, pero sabe cuándo y con quién tiene que comportarse como un cretino. Eso es lo que le ha enseñado la vida, a cambio.

- ¿Puede usted continuar?
- Sí, sí…. Por supuesto. Ahora llega mi parte favorita…

Rumiel tragó saliva, intentando olvidar el pésimo día que llevaba. Abrió la puerta de la taberna, embadurnándose con la música y las risas que volaban en el ambiente… Pero trató de pasar lo más inadvertido posible en aquel antro. Ese día, hasta un hombre como él necesitaba un vaso lleno del líquido que fuera, pero no por ello se iba a arriesgar a que lo reconocieran. Lo que solía suceder con los magos en las tabernas en aquellos tiempos es que acababan convirtiéndose en una especie de divertimento involuntario[5] para el disfrute del resto de los presentes. Por un momento se imaginó subido en alguna de esas mugrientas mesas mientras le salpicaban la túnica con la bebida y le exigían a gritos que volviera a hacer levitar al cocinero gordo. Y lo peor vendría cuando comprendieran que no tenía magia suficiente para hacerlo dos veces seguidas. Por suerte, y echando cuenta del nivel intelectual de aquel sitio, le daría tiempo de sobra a salir corriendo.

Echó una nueva ojeada a la taberna, y sus ojos se tropezaron con un rincón alejado de la multitud y del ruido. Deslizándose entre los cuerpos enormes, impregnados con el fuerte olor de la cerveza y el sudor, llegó hasta la silla que se convertiría en su refugio durante las próximas dos horas.

- ¿Qué quieres tomar, ricura? – La voz de la tabernera le sobresaltó. Le pasaba a menudo con las personas del sexo contrario.
- Eh… Oh… Cerveza. Sí. Eso. Cerveza.

Odiaba la cerveza.

Mientras esperaba que le trajeran la bebida, y él se esforzaba por mimetizarse con el fondo, recordó su primer día de clase. En concreto, la asignatura que impartía el famoso archimago Callower Mugh, profesor de…

- Ese idiota de Callower Mugh, mi profesor de Educación de la Física de los Hechizos. Siempre se empeñaba en que asistiéramos a sus clases en chándal, ya me dirás tú por qué.
- No lo sé, señor Fiztherbert.
- Claro que no lo sabes, qué sabrás tú de magia. Era una pregunta retórica. ¿No te enseñan eso en el sitio ese en el que estudias? Pues deberían, díselo de mi parte a tus estúpidos profesores.
- Lo haré, señor Fiztherbert.
- Bien. Como te decía, ese maldito incompetente de Callower Mugh nos explicó cómo se nos iba a valorar nuestro aprendizaje desde el primer día de clase. Como si él tuviera idea de magia, el muy hijo de….

El maestro de Educación de la Física de los Hechizos, el afamado y siempre querido por la comunidad mágica, Callower Mugh, les habló a sus alumnos acerca de las pulseras mágicas. Dichas pulseras se entregaban una vez que los profesores consideraban que el alumno había cumplido con ciertas expectativas. La Torre de Magos de Nirembelth[6], situada en el bosque mágico de Litharac, enviaba las pulseras que la Universidad les solicitaba, y el profesorado se encargaba de entregarlas a los alumnos. Una vez los alumnos terminaban los estudios básicos, y se dedicaban a profundizar en los conocimientos por su cuenta, la Torre de Magos les hacía llegar sus pulseras estuvieran donde estuvieran. Nadie se explicaba cómo sabían cuándo a un mago le había llegado el momento de lucir otra pulsera, pero se decía que, desde la Torre, eran lo suficientemente sensibles a los niveles mágicos de Nirembelth como para adivinar en qué punto se había producido un avance mágico.

Al parecer, Rumiel no cumplía ni con las expectativas ni con los horarios de clase, y las dos pulseras que decoraban su brazo izquierdo lo confirmaban. No es que no le gustara la magia, al contrario. Simplemente, bueno, consideraba esa forma de reconocimiento una manera de discriminación contra aquellos que no tenían los recursos suficientes para poder prepararse bien los exámenes.

- También es que odiaba madrugar. ¿A qué joven le gusta despertarse antes de las tres de la tarde? A ninguno, y mucho menos para escuchar lo que tengan que decirle cuatro viejos carcas.

Aún con esas, los profesores lo miraban sin comprenderle. Tampoco es que fuera fácil de mirar, pero ese es otro tema.

- Nunca tuve mucho éxito con las chicas, ¿sabes? – Hace una pausa, me mira - ¿A qué viene esa sonrisilla?
- Oh, nada. Disculpe, pero tenía entendido que usted y…
- ¿Quién está contando la historia de mi vida? ¿Tú o yo?
- Bueno, señor Fiztherbert, técnicamente los dos.
- Pues entonces camina a mi ritmo, joven. Yo ya soy viejo para adelantarme a los acontecimientos.

El caso es que todo el ámbito académico estaba de acuerdo en que en el interior de Rumiel se escondía un gran poder que todavía no había despertado. Algo que se activaría llegado el momento oportuno. Ante esto, Rumiel solo podía pensar que su magia se había echado una siesta de mil años.

Le quedaba poco más de un año para terminar sus clases en la Universidad, y había estado dándole vueltas a la idea de lanzarse a la aventura en busca de formación extracurricular ya que, probablemente, por el camino se vería obligado a mejorar sus poderes. Los pocos que tenía. Sin embargo, la idea de él mismo y la palabra “aventura” en la misma frase se le antojaba físicamente dolorosa. Quizás sí…

- Ahora viene lo divertido.

- Eh, mira Hert.

Una voz gutural que no se parecía a la de la tabernera[7] le sacó de su torbellino personal de pensamientos. Se giró para encontrarse con la mirada ebria de dos armarios empotrados, el uno junto al otro.

- ¿Es un mago, Burt?
- Me parece que sí. Viste de esa forma rara que solo les gusta a ellos.
- En ese caso ya tenemos quien nos anime la velada, jejeje.

Rumiel se maldijo a sí mismo. Si no era capaz de sobrevivir ni a la mirada imbécil de aquellos dos, ¿qué futuro tenía como aventurero? Tosió y optó por la vía diplomática:

- Les ruego que me dejen en paz si son tan amables, caballeros.

‹‹¿Caballeros? ¿Es que quiero que me arranquen la cabeza?››

- ¿Oyes eso, Burt? Este malnacido dice que quiere que le dejemos tranquilo.

Se acercaron más a él, proyectando una gigantesca sombra sobre la mesa y el mismo Rumiel. Las gotitas de sudor le perlaban la frente y el rostro… Bueno, cabría investigar si realmente eran gotitas de sudor o baba de Burt.

- Vamos, mago, solo queremos divertirnos un rato. – Continuó diciendo Hert mientras se chascaba los nudillos.
No supo nunca si fue efecto de la cerveza, pero algo hizo clic en su cabeza. Se levantó con toda la grandiosidad que su maltrecha y delgada figura le permitió, y tratando de hablar con voz imperante, dijo:

- ¡No hagas que despierte al poder que yace en mis entrañas o acabaras convertido en polvo de hueso!
- ¿Esa era su frase más amenazante?
- Te aseguro que alcancé a ver un destello de terror en sus ojos. Aunque ya por aquel entonces empecé a tener problemas de miopía…

Tras exclamar aquella frase que debía de ser triunfal, Rumiel cruzó los brazos en torno a su pecho, para crear así el efecto óptico de unos pectorales inexistentes.
Hert, que parecía el menos imbécil de los dos en la escala de los matones de taberna[8], le agarró por el cuello de la túnica y acerco su rostro al de Rumiel, que interiormente estaba al borde del llanto[9]:
- Como en medio segundo no te vea haciendo levitar algo, te…
- ¿Le “qué”?

Fue entonces cuando Rumiel se dio cuenta de que toda la taberna estaba pendiente de ellos y, alzando la cabeza para mirar por el fornido hombro de Hert, alcanzó a ver a una persona.

- Bueno, realmente intuí que había una persona. Las espadas desenvainadas tienen la costumbre, por desgracia, de llevar consigo a una persona pegada en el culo. Por lo que deduje que algún capullo se había metido en la discusión.
- Pero usted necesitaba ayuda, ¿no?
- Qué va, lo tenía todo controlado…

Hert soltó a Rumiel, y el mago cayó estrepitosamente en la silla, golpeándose contra la pared que había justo detrás. Hert se giró, pero a Rumiel le dio tiempo de ver una sonrisa burlona pintada en su asquerosa boca. Se estremeció.

- ¿Temió por su vida?
- Casi me cagué en los pantalones, chico.

- Vaya, Garet. ¿Hoy las cervezas no han sido suficientes para mantener tu culo pegado al asiento?
La música había cesado. Las risas aguardaban en las gargantas preguntándose qué sucedía. La tabernera parecía rogar con la mirada “por favor, que esta vez no haya demasiada sangre”. Burt también se había girado, y tenía una de sus grandes manos posada sobre su maza.
- Veo que podemos decir lo mismo de ti. – Contestó el tal Garet.
- Vaya, vaya. También estamos graciosos, al parecer. Está bien, Garet, preferiría al mago, pero puedo conformarme contigo.

- Maldito Garet. Tenía el ceño fruncido, el rostro serio como el de una suegra. Demonios, diría que el día que esbozó una sonrisa le crujieron todos los músculos de la cara.

- ¿Tu amigo opina lo mismo? – Siguió preguntando Garet, al tiempo que Burt descolgaba la pesada maza de su cinturón – A eso le llamo yo responder con elocuencia.

Rumiel observó cómo los dos muebles se aproximaban al tal Garet. Un círculo se había formado en torno a ellos, reduciendo aún más el espacio para poder luchar con soltura. No parecía que Garet tuviera muchos amigos en la taberna, ya que nadie desenvainó espada o blandió arma alguna para ponerse de su parte. Rumiel se puso de pie en la silla para tratar de divisar mejor la escena, cuando un chasquido parecido al de un latigazo lo sobresaltó. Acto seguido, una de las grandes lámparas que colgaban del techo de la taberna aprisionaba el robusto cuerpo de Burt. Cuando Hert giró la cabeza para mirar a su colega, el taburete que le golpeó la cabeza no le dejó comprender qué estaba pasando.

Igual que Garet no daba muestras de tener muchos aliados entre el gentío, parecía ser que Burt y Hert tampoco. Todo sucedió muy deprisa. Rumiel se vio a sí mismo siendo arrollado por una marea que los empujaba a salir de la taberna.

- Las peleas no eran bienvenidas en el Pony Risueño, ¿sabes? Sus clientes dejaban las espadas a un lado, y así tener las manos libres para sujetar más jarras.

El mago notó que alguien le agarraba de la manga de la túnica y tiraba con fuerza de él. Sin saber cómo, Garet y Rumiel consiguieron escabullirse entre la masa de gente y salir corriendo sigilosamente hasta un bosquecillo que se levantaba detrás de la taberna.

El mago pudo ver, a través de los rayos de luna que se filtraban entre las ramas de los árboles, la musculosa figura de Garet enfundando la espada en una vaina que llevaba a la espalda.

- Tenía mi edad, ¿sabes? Pero aun así, parecía que le habían hecho crecer a golpes.

- Eh, oye, gracias por lo de antes. La verdad es que tenía la situación controlada, pero…

Garet respondió con un gruñido, haciéndole señas para que se callara. Parecía estar atento a algo de entre la maleza, a algo que el mago no conseguía distinguir.
- ¿Qué ocur…?
Lo último que vio antes de caer en redondo con un profundo dolor en la parte de detrás de la cabeza, fue que Garet también hacía lo propio.
‹‹Fantástico››

- Así fue como conocí a Garet.

Diviso lo que parece ser una arruga con forma de sonrisa en los labios del viejo mago. Me doy cuenta de que hacía mucho rato que había dejado de escribir, y que la tinta de mi pluma se había secado. Es imposible no dejarte llevar por su historia, pero yo tengo un trabajo que hacer.

Y el viejo mago tiene ganas de seguir hablando:

- El carromato orco no es precisamente el medio de transporte más cómodo de Nirembelth, pero es absolutamente eficaz para despertarte de un buen golpe en la cabeza…

En uno de los múltiples baches sobre el que las desvencijadas ruedas pasaron, Rumiel abrió los ojos. Con sorpresa, miró a su alrededor y, entre la tenue luz que se colaba a través de la desgarrada lona, el mago distinguió la figura de Garet, tumbada cuan larga era a unos metros de él. Al principio, no pudo evitar preguntarse quién era ese tipo, pero el fuerte golpe que palpitaba en sus sienes le hizo recordar el momento de la taberna. Se suponía que aquel tipo le había salvado la vida, mas ahí estaban: maniatados en un carromato cuyos dueños, a todas luces, los venderían como esclavos en el mejor de los casos.

‹‹Maravilloso, espléndido››, pensó con ironía.

- Te juro que si no hubiera estado inmovilizado, me habría cargado a ese hijo de puta con mis propias manos.
- ¿Eso fue lo que pensó realmente?
- Sí, no hace falta que te andes con florituras.

Rumiel, preocupado en un primer momento por el estado de salud de su compañero, pronto descubrió otro motivo por el que angustiarse: ni siquiera tenía las manos libres para ejecutar hechizo alguno. No es que hubiera servido de gran cosa, pero al menos podría tener la oportunidad de defenderse llegado el caso. Empezó a sentir cómo las ligaduras de las muñecas le apretaban cada vez más.

Unos sonidos guturales provenientes del exterior, hicieron que girara la cabeza, como si fuera un resorte, hacia el lugar del que provenía aquel ruido.

- Descubrí que no era un ruido: es que los orcos hablan así.

A pesar de no haber aprobado las asignaturas idiomáticas de la Universidad, Rumiel cerró los ojos y dejó que el orkh[10] se filtrara por sus oídos. Trató de traducirlo:

- … no has fregado los platos esta semana y estoy harta de hacerlo yo. Odio que se me cuelen los restos de carne bajo las uñas.
- Jo, tía, es que es un asco, ¿eh?

- También descubrí otras dos cosas en ese momento: una, lo pésimamente mal que se me dan los idiomas, y dos, que soy un experto inventándomelos.

Rumiel abrió los ojos y suspiró. En vista de que no había mucho más que hacer, y que incluso Garet estaba profiriendo algún que otro ronquido, decidió que lo mejor sería aprovechar ese momento y descansar. No tardó en caer dormido también.

-¿Y pudo dormir aun sabiendo que iba montado en un carromato de orcos?
- De nada me servía estar lamentándome por mi suerte. Por lo menos descansado tendría más posibilidades de huir o plantarles cara. Más de lo primero que de lo segundo…

Un golpe suave en la pierna hizo que volviera a la realidad. Empezó a entreabrir los ojos, molesto por aquella forma desagradable de despertar.

- No sabes lo que me costó no gritar como una niña cuando vi que tenía una cabeza apoyada en mi muslo.
-¿U-una cabeza?

Rumiel quiso moverse hacia atrás en un intento desesperado por huir de allí y de aquella cabeza. La luz del amanecer empezaba a colarse por la lona, por lo que el mago pudo distinguir una mata de pelo que ocultaba el rostro. Buscó, alarmado, algún signo de vida en aquel cuerpo que yacía sobre su pierna, inmovilizándolo y dejándolo aún más entumecido. Respiraba, aquel cuerpo respiraba. Iba enfundado en lo que parecía ser una capa hecha jirones, pero el movimiento regular propio de los seres que viven era inconfundible.

- Casi me desmayo de alivio.

Pero el momento de tranquilidad no duró mucho, ya que, de nuevo, las voces guturales se elevaron en el aire. Rumiel echó una mirada enfurecida al cuerpo de Garet, que seguía tendido en el suelo, como si el golpe de sus pupilas sirviera para despertarlo.

-El condenado seguía ahí tirado, ni un maldito dragón rugiendo en su oreja le habría espabilado. Y para colmo, ahí estaba yo: un pobre mago con… con…

- Cielos, es una chica.

La cabeza se había girado, haciendo que parte de la melena descubriera su rostro. Rumiel la escuchó murmurar algo, por lo que supuso que estaría soñando. Probó a mover un poco la pierna, para así tratar de despertarla a base de zarandeos: surtió efecto.

- ¿Q-q-qué…?

La chica había abierto sus grandes ojos. Y le miraba. Fijamente.

- Fue realmente digno de admirar: era la primera mujer que me veía al despertar y no profería un grito.

- ¿Quién eres tú? – Preguntó de forma altanera. La misma que empleaban los nobles y la aristocracia para dirigirse al resto de seres mortales del Multiverso.

- ¿No te parece un mal momento para formalidades?

Ella se intentó incorporar, puesto que su cabeza seguía apoyada en la pierna del mago, con la intención de quien quiere ponerse de pie para sermonear a alguien. Pero no pudo. Estaba atada de pies y manos.

- ¿No crees que lo más educado sería explicarme cómo has acabado en mi pierna? – Continuó preguntando el mago, molesto.

- Lo sé. Sé que aquel momento no era el indicado para flirtear, pero cielo santo, si la hubieras visto… Despeinada y con cara de querer asesinarte arrancándote la piel a tiras. Era encantadora. Por supuesto, yo era demasiado idiota, demasiado joven y orgulloso para entenderlo, pero su nombre…

- Me llamo Alynne, soy de la orden de sacerdotisas de la diosa Eolande, y he venido a…

- … Alynne, se convertiría en las palabras mágicas más poderosas que jamás he escuchado. Maldita sea, quita esa sonrisa estúpida de tu cara otra vez.
- Claro, señor Fiztharbert. Claro.

- Da igual, ahora estás aquí, atada de pies y manos. Bienvenida al mundo real, espero que hayas tenido un buen sueño. ¿Sabes manejar un arma? Porque nos sería de gran utilidad…

La cortinilla que hacía de puerta se abrió de forma violenta en aquel momento. Tres figuras deformes, de gran tamaño, estaban de pie a contra luz. Rumiel se quedó quieto, incapaz de moverse. Alynne tampoco parecía encontrarse en una mejor situación.

Los orcos empezaron a hablar entre sí, y al parecer debía de ser una conversación muy divertida, porque sus hombros[11] empezaron a convulsionarse en lo que parecía ser una risa. Acto seguido, uno de ellos entró en la caravana. Agarró a Alynne, y tras propinarle un golpe en la cara a Rumiel[12], salieron de allí. Podía escuchar todavía los gritos de Alynne en el exterior.

- En ese momento, si hubiera podido, habría matado a esos tres hijos de puta también.

- ¡Maldita sea! ¿Por qué todo el mundo no hace más que darme problemas? ¡Garet! Eh, tú, despierta, joder.
- Brfgm.
- ¡Se han llevado a la chica! ¿Dónde está tu espíritu heroico, pedazo de mierda?

Garet abrió los ojos, pero tampoco pudo ponerse en pie: estaba maniatado a un poste. Rumiel, tras exhalar un suspiro de desagrado, se dio cuenta de que él no estaba atado a ningún tipo de palo o poste alguno, solamente tenía las manos unidas entre sí a la espalda. Trató de ponerse en pie, con dificultad, debido a que llevaba muchas horas en la misma postura. Apoyándose con los codos en la estructura de la caravana, pudo ponerse en pie, aunque tambaleándose.

-¿Me has llamado pedazo de mierda? – Le susurró Garet.
- Sí, te he llamado pedazo de mierda. He llamado peores cosas a gente mejor que tú. ¿Vas a quedarte ahí tumbado para siempre o me vas a decir en qué bota escondes la daga?
- P-pero… ¿Dónde estamos?
- Oh, cierto, te pondré al día: estamos en una caravana de orcos, para ser más concreto, de tres orcos, si no hay alguno más en el exterior. Mientras tú ibas confortablemente dormido, una chica apareció en mi muslo, y antes de que tuviera ocasión de mirarle el escote, uno de esos tres brutos se la ha llevado a rastras. ¿Es suficientemente buena la historia para que colabores un poco o necesitas algo más? Si esperamos lo suficiente, probablemente pueda añadirle un toque sangriento al relato.

Garet parpadeó intentando asimilar toda la información que le había dado el mago.

- Garet y yo nos hicimos muy buenos amigos… pero he de admitir que a veces era un poco corto de reflejos. Y no me refiero al combate.

- Muy bien, muy bien. Mira en mi bota derecha.
- Gracias, su majestad.

En una postura ciertamente cómica, Rumiel se agachó de espaldas a Garet para tratar de coger el pequeño filo que le liberaría de su inútil situación. Tras unos minutos que se le hicieron eternos en los que, de fondo, seguía escuchando los gritos de Alynne, consiguió hacerse con la daga.

- ¿Me haces el favor? – Preguntó, tendiéndole a Garet el arma para que la sujetara con la boca.
- ¿Y cómo dices que conseguiste que esa chica acabara en tu musarhkehbla...?

Rumiel introdujo la daga en la boca de Garet y, con no poco esfuerzo, consiguió deshacerse de sus ligaduras. Después, hizo lo propio con su acompañante.

- ¿Cómo supo que Garet tenía una daga en la bota?
- Definitivamente, no te enseñan nada en esa Universidad a la que vas, todo el mundo sabe…

- Todo el mundo sabe que los orcos secuestran a gente joven porque les gusta desayunar su carne. Ahora mismo deben de estar a punto de cocinar a esa chica.

Ambos estaban tumbados boca abajo en el interior de la caravana, observando a través de la cortinilla cómo, a unos metros, una gran hoguera empezaba a arder. Uno de los tres orcos, le sacaba brillo a una gran olla. El resto de la escena, quedaba oculto.

- Bien, propongo que… - Comenzó diciendo Garet, pero algo le interrumpió.

Una flecha rasgó el aire. Acertó en la sien del orco que limpiaba animadamente el instrumento de cocina.

Garet y Rumiel se miraron. Los gritos de la chica habían cesado, sustituidos por nuevos sonidos guturales.

- Movidos más por la curiosidad que por otro sentimiento de más valía, ambos salimos de la caravana.

Con todo el valor que pudieron reunir, ambos se lanzaron al exterior del vehículo.

- Santo Dumgier. – Dijo Garet para sí mismo.

Una ellet, proveniente del bosque de Ireth, al sur de la región de los humanos, estaba recuperando sus flechas del cadáver de uno de los tres orcos muertos. Alynne la miraba con temor. Rumiel se fijó en que tenía la túnica rasgada y la cara llena de polvo.

- La cara llena de polvo más bonita de todo Nirembelth.

Sintió el impulso de ir a ayudarla a ponerse en pie, pero se mantuvo en su posición, alerta.

La ellet los estaba mirando.

- Así fue cómo conocimos a Vay: salvándonos el culo. Tengo que admitirlo, nunca le estaré más agradecido, pero…
- Imagino que sería difícil para vosotros el hecho de admitir que una ellet os había rescatado.
- Bueno, ya sabes… Uno no quiere formar parte de esas idioteces raciales, pero al final la fuerza de los prejuicios es más poderosa. Si te soy sincero, pensé que estaba quitando esas flechas para clavárnoslas a nosotros en el corazón, pero…

Pero la joven ellet simplemente se acercó a Alynne para tenderle la mano y ayudarla a ponerse en pie. Ésta acepto la ayuda, aunque se quedó apartada de la ellet, tímidamente.

- Teníais problemas. Yo solo quería ayudar. ¿Vosotros ir de aventuras? – El fuerte acento de la ellet llegó a sus oídos como una invitación que todavía no habían aceptado.

El viejo mago para de hablar. Imagino que no debe de ser agradable hablar de sus compañeros a estas alturas.

- Señor Fiztharbert, si necesita un descanso, puedo…
- Lo necesito, joven, lo necesito. A veces, cuando recordamos ciertos momentos de la vida, el alma requiere un respiro.

Con un asentimiento de cabeza, y la promesa de volver al día siguiente, me levanto y recojo mis cosas, con la intención de salir. Pero antes de cerrar la puerta, por culpa de esta curiosidad que corre por mis venas igual que la magia por las del viejo mago, no puedo evitar mirar de nuevo el rostro de Rumiel.

Tiene la mirada perdida en algún punto del suelo. Una lágrima corre por su mejilla, desapareciendo, quizás por arte de magia, en una de las arrugas de su sonrisa.





Durante la entrevista, los lectores encontrarán ciertas notas a pie de página. El viejo mago no quiso que la entrevista saliera publicada si no podía hacer sus propias observaciones. Y quién le iba a decir que no.

[1] No es para menos, no. La gente solía pensar que yo nunca llegaría a nada, que con mi magia no podría atarme ni los cordones de las botas… Ja, me río yo ahora de todos esos infelices.
[2] ¿Perdona?
[3]Aunque muchas veces, tales premoniciones se les achacaba a un problema de cataratas, y pocas veces se les tenía en cuenta.
[4] Antes de que comenzara la crisis, los asesinos tenían el buen gusto de permitir a sus víctimas llevar a cabo alguna que otra persecución para entrar en calor. Pero ahora ya no había cabida para protocolos de actuación de ese calibre. No podías arriesgarte a que tu objetivo corriera más que tú.
[5] ¡En un mono de feria, maldita sea!
[6] Lo de Torre era meramente por salvaguardar tradiciones denominativas. Aquello se había convertido en una auténtica ciudad en miniatura rebosante de adolescentes hormonados que no podían concentrarse en sus libros por más de quince minutos sin imaginar a sus compañeras en bragas. No era raro encontrar túnicas olvidadas por un descuido en el bosque. Por aquellos tiempos, se consideraban otras cosas mucho más sagradas que Litharac, de donde proviene toda la magia de Nirembelth. Creo que con eso lo explico todo.
[7] Por suerte.
[8] Entre los que formamos parte de ese gremio de debiluchos que nunca buscan peleas, existen ciertos tipos de escalas que debemos de tener muy presentes: el de los matones es uno, el de la capacidad que tiene una ventana para convertirse en una salida de emergencia, es otro.
[9] Bueno, bueno. Exageraciones periodísticas.
[10] Los magos no nos caracterizamos por nuestra creatividad.
[11] O lo que deberían de ser sus hombros… No estoy muy puesto en anatomía orca.
[12] Total y absolutamente gratuito.

sábado, 13 de junio de 2015

Un café a las tres

La soledad de Comala. Juan Rulfo  


- Hola, vieja amiga.

La voz se escapa de sus labios ya de mujer, por tantas veces que han besado. Resuena entre las piedrecitas de la llanura y las briznas de césped reseco. Es cálida, pero no abrasadora como el sol de aquella mañana. Es firme y resuelta, pero su timbre denota cierto aire de resignación, como el polvo enredado en las gastadas suelas de sus zapatos. No ha logrado disimular su desaprobación con aquella situación, pese a creerse capaz de conseguirlo.

Espera, paciente, una respuesta. La vista clavada en algún punto del suelo, mientras su mente se dedica a dar tumbos por pensamientos que no recordaba conservar. Comienza a tamborilear con los dedos, sobre el madero en el que se apoya, alguna cancioncilla tonta de su infancia. Siempre hay momentos para recordar los buenos tiempos. O eso dicen.

Y, de repente, del silencio brota una voz que le llega como un soplo de aire fresco. Como un perfume que le resulta familiar. Una respuesta.

- Vaya, pensaba que no nos íbamos a encontrar más.
- Te creía más optimista. – Musita, sin levantar la vista del suelo, pero esbozando una diminuta sonrisa.
- ¡Y soy optimista! Tarde o temprano, todo el mundo acaba necesitándome. Soy la sombra que nunca os abandona, la que camina a vuestras espaldas, el fruto de vuestros miedos en ocasiones, la mano amiga cuando todo se derrumb…

- Vale, vale. Corta el rollo. ¿Nos tomamos un café o no?

miércoles, 23 de octubre de 2013

Crisis


En vísperas de la Huelga de Educación de mañana día 24 de Octubre, se me ha antojado oportuno escribir (de una vez) sobre la conferencia de Juan Torres, catedrático de Economía por la Universidad de Sevilla, a la que asistí la semana pasada.

No voy a tirarme el farol y dármelas de entendida sobre Economía. La manejo lo suficiente como para que no me puedan timar a la hora de devolverme el cambio en un bar. Y ni eso a veces.

Sin embargo, he decidido que la ocasión lo merece y que todo lo que en esa conferencia se dijo, merece salir de mi cabeza y ser compartido, junto a mis reflexiones (vaya mezcla explosiva. Así me va).

Allá vamos.

Se nos habla de la crisis que nos castiga actualmente. Pero llamemos a las cosas por su nombre. Estamos sufriendo lo que podríamos denominar como “estafa intelectual – financiera”. Una estafa financiera no se divulga, diluye, crece, sin la ayuda de un componente intelectual, y los medios de comunicación hemos tenido un pésimo papel protagonista en esta función. Hablando y repitiendo hasta la saciedad “la crisis”, nos olvidamos de que las crisis tienen causas, objetivos, y que representan una serie de oportunidades para los intereses mercantiles y financieros. Dentro de las reiteradas expresiones que escuchamos en los medios y en la vida política, encontramos las típicas “ha sido un accidente”, “no se podía prever”, “el gobierno toma esta serie de medidas de ajustes con la mejor voluntad”, “no les queda otra opción”… Seguro que a todos nos suenan. Pero, ¿seguro que las cuestionamos?

Todo esto no es más que un velo para ocultarnos lo que realmente está pasando. Y es que, queridos, esta crisis no es más que una de las piezas claves de la estafa. Con demasiada frecuencia, se ha presentado la crisis como el resultado de algo que “nos ha tocado”, mientras que sus desencadenantes y metas se tratan de ocultar o pasan a un segundo plano.

Hablemos de la crisis. De esta crisis que hace que tiemblen todos nuestros esquemas y planteamientos de futuro. Crisis tirana que no repara en daños para los más desfavorecidos. Crisis que ahoga. Crisis que empuja al extranjero. Crisis clasista que separa cada vez más a esas dos Españas que parece que nunca se van a fundir en una.

¿LA crisis? Esto no es una crisis en singular, amigos, esto que estamos sufriendo es un compendio, una pandemia de crisis en sus múltiples sentidos. Desde 1970, según el FMI, en el mundo se han sucedido cerca de 125 crisis financieras, perturbaciones, estrés financieros, desequilibrios…

¿Y alguien se ha enterado?

Si comparamos la etapa que hay entre 1970 y 1945, se observa que prácticamente ningún país en el mundo tuvo una crisis financiera. Esto es un indicador material de que se pueden evitar las crisis financieras.

Anda, se pueden evitar. Qué sorpresa, ¿eh?

Si colocamos una lupa y observamos, percibimos que en esa etapa intermedia entre 1940 y 1970, había un control de los movimientos de capitales (es decir, no era posible mover dinero de un país a otro sin una regulación), y el dinero de la banca se dedicaba casi en su totalidad a financiar bienes y servicios.

Sin embargo, en los setenta se cambia la normativa: los bancos se sumergen en la especulación y las nuevas tecnologías permiten mover el dinero a una velocidad impresionante (hoy en día, se tarda aproximadamente un segundo en invertir 250 millones de dólares). Esto conlleva a que se multipliquen las perturbaciones financieras.

Esta última que estamos viviendo es otra de esas tantas que se han ido aconteciendo. Aunque tiene la singularidad de que ha sido la más importante de los últimos años y del último siglo. ¿Por qué? Estudiémosla: (agarraos que viene lo enrevesado)

El 11 de septiembre del año 2001 se produce el ataque a las torres gemelas. Estados Unidos ya comenzaba a renquear a nivel económico y tras el atentado, el peligro de que su economía se viniera abajo fue aún mayor. Para evitar esto, una de las medidas que toma el gobierno es bajar los tipos de interés (el precio del dinero que se cobra por un crédito), lo que provoca que el crédito se abarate y se incentive toda aquella actividad económica que funciona a golpe de crédito. ¿Imagináis qué sector se benefició de esto? ¡Bingo! La industria inmobiliaria, que además fue impulsada por los bancos.

¿Os suena todo esto, verdad? Bien, pues hagamos un paréntesis y recordemos la cita de J. L. Sampedro, que dice así:

En España, a los bachilleres nos enseñaban qué era la calcopirita. Sin embargo, no nos enseñaban qué es y qué hace un banco.
Sin duda, es la mejor manera de que los ciudadanos ignoremos qué hacen los bancos.

Y esto es lo que sucede en España y, al parecer, en el resto del mundo. 

¿Cómo funciona la banca? Pues escuetamente explicado, los bancos se cimentan en una actividad muy simple: toma el dinero de los clientes, y luego da créditos. En el mundo circulan dos tipos de riqueza: las monedas y los billetes, que es dinero legal que emite el Estado; y el que crean los bancos. El primer tipo representa el 5 o 6% de todo el dinero que se mueve en el mundo, mientras que el resto, incumbe al originado por la banca.

Supongamos que tenemos 100 euros y prestamos 20 a un amigo (se podrá quejar). En ese momento, seguirá habiendo 100€ en circulación, pero 80 en nuestro bolsillo. Un banquero, amablemente se ofrece a guardarnos esos 80 prometiéndonos que nos lo devuelve al 5% de interés. Ese dinero que le dejamos al banquero, le va a servir para invertir y para dar créditos.

El dinero legal seguirá siendo 100€, pero al haber prestado dinero al banquero, se ha creado lo que se denomina como “capacidad de banco”, es decir, se crea dinero caligráfico, una anotación que va a tener valor monetario. Y sin haberle costado un solo céntimo.

Entonces, si el banco crea 20 euros de la nada sin coste alguno, ¿por qué si le pedimos que nos lo preste, nos cobra intereses? Tendría sentido que nos cobraran si ellos perdieran algo a cambio, pero si no les cuesta nada crear dinero, ¿por qué?

Todo este proceso de creación de dinero bancario, procede de las reservas fraccionarias (es el porcentaje de dinero en efectivo – conocido como coeficiente de caja – que el banco está obligado legalmente a mantener para pagar a los clientes que deseen retirarlo). Esto es nada más y nada menos que un privilegio que tiene la banca, porque estamos hablando de que el banco tiene el poder de crear dinero de la nada, de los préstamos. Crea dinero y encima no le cuesta más que la tinta del boli que use para firmar el activo de su balance.

Por lo tanto, si la banca gana dinero y poder creando dinero y dando créditos, no es difícil adivinar que su principal preocupación va a ser idear la forma de prestar más para ganar más. Cuanta más deuda, más dinero. Tratan de convencer a los gobiernos de implantar políticas de bajo salario, por ejemplo, o a la población de que es mejor comprar una vivienda que tenerla alquilada, porque eso obliga al ciudadano a tener que pedir créditos.

La estrategia de la banca es nada más y nada menos que propiciar la creación de deuda, y que se tenga que acudir a ellos. La deuda actual y que tenemos ahora no es más que su negocio y su fracaso. El error que todos tenemos que pagar.

Explicado esto, volvamos con la maravilla de banca de EEUU.

Se comenzaron a dar créditos en mayores cantidades. Al principio solo eran destinatarias las familias solventes y que no iban a tener dificultad para devolverlos. No obstante, poco a poco también se los fueron concediendo a personas que tenían un mayor riesgo de fallar en la devolución del préstamo.

Así, llegaron al tope que las leyes internacionales establecían que se podía dar crédito (10% del capital). Entonces, aplicaron a la banca algo que se hacía en otros negocios: la titulización. Cuando un banco da un crédito, hay un papel que se firma (un contrato de crédito hipotecario, por ejemplo), y que mensualmente se paga durante unos 40 – 50 años. El banco tiene miles de contratos como es lógico, y estos contratos le dan al banco su cuota mensual. El banco inventa entonces que si a dicho contrato le pone otro nombre y lo vende, conseguirá más liquidación y rentabilidad. La actuación que sigue es: crea otra entidad suya y se compra a sí mismo el contrato. De esta forma, tendrá dinero suficiente como para poder dar otras tres hipotecas más.

Luego de todo esto, se colocaron las hipotecas “buenas” en el fondo de inversión, hasta que llega un momento que solo quedan por repartir lo que se conoce como hipotecas subprime (orientada a clientes con escasa solvencia, gente que como decíamos antes, podría tener unos mayores obstáculos para devolver el crédito). Una empresa de calificación procedía a declarar esos paquetes de 10 o 15 hipotecas subprime como un paquete AAA (el grado más seguro) y se vendían como panes.

Y todo esto era color de rosas hasta que cambió la coyuntura, y muchas familias tuvieron que dejar de pagar las hipotecas debido a la crisis que se había creado.

¿Qué sucede entonces para los bancos? Pues que si el contrato hipotecario era de un millón de dólares, el banco en su balance tenía anotado como activo un millón, porque esa persona le iba a devolver esa cantidad de dinero.

Imaginemos que, como era normal, muchas personas no pudieran devolverle un solo dólar debido a la situación. Ese valor entonces, perdería completamente su valor de un millón porque no tiene garantías de que se pudiera pagar. Y, por tanto, los productos derivados de esa hipoteca (esos contratos que el banco se compraba a sí mismo) igualmente perdían también su valor. El sistema se pega un batacazo.

Los llamados activos subyacentes (es decir, la fuente de la que se deriva el valor del instrumento derivado, que a su vez es un producto financiero cuyo valor se basa en el precio de otro activo. Por ejemplo, el valor de un futuro sobre el oro se basa en el precio del oro), pierden su valor, y por tanto todas esas hipotecas basura o subprime que habían colmado a los bancos de riqueza, de pronto no valen nada.

La consecuencia es que cuando la banca interna se encuentra descapitalizada porque el valor de sus activos es nada, se dejan de dar crédito entre ellos y sus clientes. Se cierra el grifo del crédito y la economía se viene abajo porque no puede funcionar sin financiación.

Empiezan entones las estafas intelectuales de la que hablábamos antes: se decía que era un tema hipotecario de EEUU, ajeno, pero enseguida se descubrió que había una interrelación del sistema financiero internacional. Todos los bancos internacionales habían caído arrastrados por el gigante de EEUU.

Se inició entonces un plan para resolver el problema de liquidez de la banca estadounidense y se inyectan cientos de miles de millones por parte del BCE, la Reserva Federal…

La banca sin embargo no salía adelante, y por tanto la economía entra en crisis. Los gobiernos no tienen más remedio que llevar a cabo programas de rescate y empuje (como el Plan E aquí en España) en el que también se dejan otros muchos millones de euros. Consiguen que la economía respire un poco, pero el alivio dura poco ya que estos planes iniciales de rescate no se apoyaron lo suficiente. Y tratar de solucionar la economía sin financiación es imposible.

Países como España se encuentran con que han tenido que hacer gastos extraordinarios y que han caído los ingresos al 65%. El déficit se dispara, y lo que antes era superávit ahora se convierte en deuda.

En Europa aparece otro problema: Grecia.

El país heleno tenía ya una deuda alta a diferencia de España. Debían unos 40 mil millones debido a una mala gestión que venía del pasado en gran parte: olimpiadas que costaron en realidad 20 mil millones (demasiados relaxing cups), la Dictadura de los Coroneles, corrupción… Inmediatamente, se destapan las alertas y Grecia se convierte en un problema para la Unión Europea ya que se teme que su deuda hunda a Europa.

No había que perder más tiempo por tanto: había que rescatar urgentemente a Grecia.

Bien.
Reflexionemos.

Grecia representa el 2% de la Unión Europea. Con perdón para los griegos, hay que señalar que en términos económicos, un 2% del PIB representa muy poco para la UE, por lo que sería exagerado pensar que por culpa de Grecia, la UE se vendría abajo. Por otro lado, decían que 40 mil millones de euros en deuda era una barbaridad, y sin embargo países como Francia y Alemania dieron a sus respectivas bancas privadas 800 mil millones y no hundieron Europa. Al menos que sepamos.

Aun con estas, el Banco Europeo se sienta a cantarle las cuarenta a Grecia, y mientras le tira de las orejas, le ajusta las cuentas. Y les hace entrega de 40 mil millones con la promesa de que se los iba a devolver. ¿Problema solucionado? Ni por asomo. Según los Tratados de Maastrich y Lisboa, se establece que el Banco Central Europeo no puede financiar a los gobiernos.

Así que el BE se ve obligado a recular, y mientras los acreedores de Grecia le aprietan para que encuentre financiación, los helenos se ven obligado a echarse en brazos de la banca privada.

Sí. Eso que habéis escuchado es una risa malvada con una tormenta de fondo.

El BCE le dice a la banca privada (que, recordemos, no tenía dinero, estaba de capa caída), que tienen en Grecia barra libre, es decir, dinero al 0’25, al 1 % (tirado de precio). La banca privada coge el dinero al 0’25 pero como era de esperar, intenta devolvérselo a Grecia al mayor interés posible. Ya dijimos antes que los bancos se alimentan de la deuda, y más que barra libre, en Grecia tenían buffet gratis.

¿Qué nos encontramos? Pues a Grecia pagando créditos incluso al 50% a bancos que les había costado menos del 1%.

Surge (por si fuera poco) entonces otro problema para Grecia, el llamado interés compuesto: la acumulación de intereses adquiridos por un capital inicial (CI) o principal a una tasa de interés (r) durante (n) periodos de tiempo. O dicho en castellano: que durante los meses que tengas que estar pagando un crédito, vas añadiendo capital en forma de intereses a ese dinero que debes. Si pides un crédito al 10%, significa que en 7 años se ha doblado la cantidad inicial que debías solo por los intereses.

En consecuencia, mientras que en 2008 Grecia tenía una deuda de 40 mil millones, ahora cuenta con una de cerca de 525 mil millones de euros (y porque le han perdonado la mitad de lo que debían). Solo en intereses paga alrededor de 14 mil millones de euros cada trimestre.

¿Y cuál es la situación de Grecia? Han privatizado las compañías de teléfonos, se han bajado salarios, funcionarios despedidos… La ley laboral que se ha aprobado establece que hay que dar al menos un periodo diario de descanso de 11 horas, lo que significa que se pueden trabajar 13 horas seguidas. Más vale que nos vayamos haciendo el cuerpo.

Se venden aeropuertos, hospitales, monumentos, islas… Con lo que han obtenido solo 50 mil millones de euros. También se están ajustando las cuentas en el sector público: si lo sumas, si no dejas una pensión ni un maestro, ni nada público, te ahorras 21 mil millones. Y ni una cosa ni la otra sirven porque aun así siguen teniendo que pagar todos esos intereses más la deuda.

En España está ocurriendo igual. En el año 2008, nuestra deuda era de un 37% aunque parezca increíble (el máximo que marca la UE está en el 60%). Hoy en día, tenemos 100% de deuda. El dinero que llevamos pagado en deuda e intereses ronda los 125 mil millones.

Y además, nos encontramos con esa estafa intelectual, en la que nos intentan vender la moto de que la deuda que tenemos es por haber vivido por encima de nuestras posibilidades, en lugar de que los bancos se han endeudado por encima de las suyas.

Si desde el 89 al 2012, aun en esa España lapidadora, si el saldo del Estado se hubiera financiado por un BC al 0%, la deuda hoy en día sería del 14% del PIB. Por eso la banca prohíbe que los bancos centrales financien a los estados.

Y este es el origen criminal de la deuda que tenemos, producida por la libertad de los bancos, la desregularización, la anulación de las normas que controlaban el orden financiero. El capitalismo más salvaje que existe. Todo ello de la mano de una complicidad de los gobiernos y autoridades para poner programas que son inadecuados para salir de la crisis. No hay ningún país que haya salido de una crisis llevando a cabo un recorte en los gastos. En ninguna cabeza cabe que una economía pueda sobrevivir sin sistema financiero. Hoy en día se podía haber resuelto el problema poniendo el BC a funcionar, nacionalizando la banca, y luego, mediante soluciones técnicas intermedias, que pasan por una creación de central de depósitos.

La deuda, amigos, no se puede pagar, es imposible. Se está usando como una herramienta de esclavitud y una excusa para hacer las políticas que favorecen más a las empresas. Hasta qué punto llega la irracionalidad de crear dinero a base de intereses, que en  Europa hay más deuda que dinero. Hay deuda de la deuda, incluso. No habría dinero en toda Europa para terminar de pagar la dichosa deuda.

Lo más seguro es que se cree otra vez un nuevo Club de París o cualquier patochada de esas, con lo que se perdonaría la deuda y sus intereses. Pero es evidente que mientras puedan, esta crisis se seguirá alargando.

Y es la ciudadanía la que se tendría que cerrar en banda y negarse a pagar los platos rotos de la banca. Eso sí, una ciudadanía unida, mayoritaria, fuerte y digna… Por eso lamentaba antes la falta de unión entre las dos Españas, porque si dividen a la sociedad, destrozan los instrumentos que podrían permitir que habláramos como un todo contra ellos, contra los de arriba. En lugar de eso, nos dividen entre nosotros con jueguecitos de derechas e izquierdas, Bárcenas, ERES, escándalos de corrupción… Haciendo que nos tiremos piedras a nuestro propio tejado mientras ellos se libran de entrar en la batalla. Si tuviéramos además un gobierno central soberano en sí mismo y transversal, la crisis probablemente acabaría mucho antes. Pero esto ya sería demasiado pedir.

Esta es nuestra España. Dividida, y con un gobierno que acata órdenes desde Bruselas sin pararse a pensar en qué necesita realmente su población. Que ha desmantelado la democracia porque se aferra a una mayoría absoluta que no permite debates ni enmiendas, que no deja que se cuestionen sus medidas, que busca crear personas de encefalograma plano, desinformadas y sin debate social, reprimiendo y recortando. Anulando nuestro sentido crítico porque, claro, es que la cosa esta muy mal y hay que recortar.


Las herramientas para acabar con la crisis económica las tenemos, pero… ¿Qué hacemos con la crisis intelectual de España?