miércoles, 23 de octubre de 2013

Crisis


En vísperas de la Huelga de Educación de mañana día 24 de Octubre, se me ha antojado oportuno escribir (de una vez) sobre la conferencia de Juan Torres, catedrático de Economía por la Universidad de Sevilla, a la que asistí la semana pasada.

No voy a tirarme el farol y dármelas de entendida sobre Economía. La manejo lo suficiente como para que no me puedan timar a la hora de devolverme el cambio en un bar. Y ni eso a veces.

Sin embargo, he decidido que la ocasión lo merece y que todo lo que en esa conferencia se dijo, merece salir de mi cabeza y ser compartido, junto a mis reflexiones (vaya mezcla explosiva. Así me va).

Allá vamos.

Se nos habla de la crisis que nos castiga actualmente. Pero llamemos a las cosas por su nombre. Estamos sufriendo lo que podríamos denominar como “estafa intelectual – financiera”. Una estafa financiera no se divulga, diluye, crece, sin la ayuda de un componente intelectual, y los medios de comunicación hemos tenido un pésimo papel protagonista en esta función. Hablando y repitiendo hasta la saciedad “la crisis”, nos olvidamos de que las crisis tienen causas, objetivos, y que representan una serie de oportunidades para los intereses mercantiles y financieros. Dentro de las reiteradas expresiones que escuchamos en los medios y en la vida política, encontramos las típicas “ha sido un accidente”, “no se podía prever”, “el gobierno toma esta serie de medidas de ajustes con la mejor voluntad”, “no les queda otra opción”… Seguro que a todos nos suenan. Pero, ¿seguro que las cuestionamos?

Todo esto no es más que un velo para ocultarnos lo que realmente está pasando. Y es que, queridos, esta crisis no es más que una de las piezas claves de la estafa. Con demasiada frecuencia, se ha presentado la crisis como el resultado de algo que “nos ha tocado”, mientras que sus desencadenantes y metas se tratan de ocultar o pasan a un segundo plano.

Hablemos de la crisis. De esta crisis que hace que tiemblen todos nuestros esquemas y planteamientos de futuro. Crisis tirana que no repara en daños para los más desfavorecidos. Crisis que ahoga. Crisis que empuja al extranjero. Crisis clasista que separa cada vez más a esas dos Españas que parece que nunca se van a fundir en una.

¿LA crisis? Esto no es una crisis en singular, amigos, esto que estamos sufriendo es un compendio, una pandemia de crisis en sus múltiples sentidos. Desde 1970, según el FMI, en el mundo se han sucedido cerca de 125 crisis financieras, perturbaciones, estrés financieros, desequilibrios…

¿Y alguien se ha enterado?

Si comparamos la etapa que hay entre 1970 y 1945, se observa que prácticamente ningún país en el mundo tuvo una crisis financiera. Esto es un indicador material de que se pueden evitar las crisis financieras.

Anda, se pueden evitar. Qué sorpresa, ¿eh?

Si colocamos una lupa y observamos, percibimos que en esa etapa intermedia entre 1940 y 1970, había un control de los movimientos de capitales (es decir, no era posible mover dinero de un país a otro sin una regulación), y el dinero de la banca se dedicaba casi en su totalidad a financiar bienes y servicios.

Sin embargo, en los setenta se cambia la normativa: los bancos se sumergen en la especulación y las nuevas tecnologías permiten mover el dinero a una velocidad impresionante (hoy en día, se tarda aproximadamente un segundo en invertir 250 millones de dólares). Esto conlleva a que se multipliquen las perturbaciones financieras.

Esta última que estamos viviendo es otra de esas tantas que se han ido aconteciendo. Aunque tiene la singularidad de que ha sido la más importante de los últimos años y del último siglo. ¿Por qué? Estudiémosla: (agarraos que viene lo enrevesado)

El 11 de septiembre del año 2001 se produce el ataque a las torres gemelas. Estados Unidos ya comenzaba a renquear a nivel económico y tras el atentado, el peligro de que su economía se viniera abajo fue aún mayor. Para evitar esto, una de las medidas que toma el gobierno es bajar los tipos de interés (el precio del dinero que se cobra por un crédito), lo que provoca que el crédito se abarate y se incentive toda aquella actividad económica que funciona a golpe de crédito. ¿Imagináis qué sector se benefició de esto? ¡Bingo! La industria inmobiliaria, que además fue impulsada por los bancos.

¿Os suena todo esto, verdad? Bien, pues hagamos un paréntesis y recordemos la cita de J. L. Sampedro, que dice así:

En España, a los bachilleres nos enseñaban qué era la calcopirita. Sin embargo, no nos enseñaban qué es y qué hace un banco.
Sin duda, es la mejor manera de que los ciudadanos ignoremos qué hacen los bancos.

Y esto es lo que sucede en España y, al parecer, en el resto del mundo. 

¿Cómo funciona la banca? Pues escuetamente explicado, los bancos se cimentan en una actividad muy simple: toma el dinero de los clientes, y luego da créditos. En el mundo circulan dos tipos de riqueza: las monedas y los billetes, que es dinero legal que emite el Estado; y el que crean los bancos. El primer tipo representa el 5 o 6% de todo el dinero que se mueve en el mundo, mientras que el resto, incumbe al originado por la banca.

Supongamos que tenemos 100 euros y prestamos 20 a un amigo (se podrá quejar). En ese momento, seguirá habiendo 100€ en circulación, pero 80 en nuestro bolsillo. Un banquero, amablemente se ofrece a guardarnos esos 80 prometiéndonos que nos lo devuelve al 5% de interés. Ese dinero que le dejamos al banquero, le va a servir para invertir y para dar créditos.

El dinero legal seguirá siendo 100€, pero al haber prestado dinero al banquero, se ha creado lo que se denomina como “capacidad de banco”, es decir, se crea dinero caligráfico, una anotación que va a tener valor monetario. Y sin haberle costado un solo céntimo.

Entonces, si el banco crea 20 euros de la nada sin coste alguno, ¿por qué si le pedimos que nos lo preste, nos cobra intereses? Tendría sentido que nos cobraran si ellos perdieran algo a cambio, pero si no les cuesta nada crear dinero, ¿por qué?

Todo este proceso de creación de dinero bancario, procede de las reservas fraccionarias (es el porcentaje de dinero en efectivo – conocido como coeficiente de caja – que el banco está obligado legalmente a mantener para pagar a los clientes que deseen retirarlo). Esto es nada más y nada menos que un privilegio que tiene la banca, porque estamos hablando de que el banco tiene el poder de crear dinero de la nada, de los préstamos. Crea dinero y encima no le cuesta más que la tinta del boli que use para firmar el activo de su balance.

Por lo tanto, si la banca gana dinero y poder creando dinero y dando créditos, no es difícil adivinar que su principal preocupación va a ser idear la forma de prestar más para ganar más. Cuanta más deuda, más dinero. Tratan de convencer a los gobiernos de implantar políticas de bajo salario, por ejemplo, o a la población de que es mejor comprar una vivienda que tenerla alquilada, porque eso obliga al ciudadano a tener que pedir créditos.

La estrategia de la banca es nada más y nada menos que propiciar la creación de deuda, y que se tenga que acudir a ellos. La deuda actual y que tenemos ahora no es más que su negocio y su fracaso. El error que todos tenemos que pagar.

Explicado esto, volvamos con la maravilla de banca de EEUU.

Se comenzaron a dar créditos en mayores cantidades. Al principio solo eran destinatarias las familias solventes y que no iban a tener dificultad para devolverlos. No obstante, poco a poco también se los fueron concediendo a personas que tenían un mayor riesgo de fallar en la devolución del préstamo.

Así, llegaron al tope que las leyes internacionales establecían que se podía dar crédito (10% del capital). Entonces, aplicaron a la banca algo que se hacía en otros negocios: la titulización. Cuando un banco da un crédito, hay un papel que se firma (un contrato de crédito hipotecario, por ejemplo), y que mensualmente se paga durante unos 40 – 50 años. El banco tiene miles de contratos como es lógico, y estos contratos le dan al banco su cuota mensual. El banco inventa entonces que si a dicho contrato le pone otro nombre y lo vende, conseguirá más liquidación y rentabilidad. La actuación que sigue es: crea otra entidad suya y se compra a sí mismo el contrato. De esta forma, tendrá dinero suficiente como para poder dar otras tres hipotecas más.

Luego de todo esto, se colocaron las hipotecas “buenas” en el fondo de inversión, hasta que llega un momento que solo quedan por repartir lo que se conoce como hipotecas subprime (orientada a clientes con escasa solvencia, gente que como decíamos antes, podría tener unos mayores obstáculos para devolver el crédito). Una empresa de calificación procedía a declarar esos paquetes de 10 o 15 hipotecas subprime como un paquete AAA (el grado más seguro) y se vendían como panes.

Y todo esto era color de rosas hasta que cambió la coyuntura, y muchas familias tuvieron que dejar de pagar las hipotecas debido a la crisis que se había creado.

¿Qué sucede entonces para los bancos? Pues que si el contrato hipotecario era de un millón de dólares, el banco en su balance tenía anotado como activo un millón, porque esa persona le iba a devolver esa cantidad de dinero.

Imaginemos que, como era normal, muchas personas no pudieran devolverle un solo dólar debido a la situación. Ese valor entonces, perdería completamente su valor de un millón porque no tiene garantías de que se pudiera pagar. Y, por tanto, los productos derivados de esa hipoteca (esos contratos que el banco se compraba a sí mismo) igualmente perdían también su valor. El sistema se pega un batacazo.

Los llamados activos subyacentes (es decir, la fuente de la que se deriva el valor del instrumento derivado, que a su vez es un producto financiero cuyo valor se basa en el precio de otro activo. Por ejemplo, el valor de un futuro sobre el oro se basa en el precio del oro), pierden su valor, y por tanto todas esas hipotecas basura o subprime que habían colmado a los bancos de riqueza, de pronto no valen nada.

La consecuencia es que cuando la banca interna se encuentra descapitalizada porque el valor de sus activos es nada, se dejan de dar crédito entre ellos y sus clientes. Se cierra el grifo del crédito y la economía se viene abajo porque no puede funcionar sin financiación.

Empiezan entones las estafas intelectuales de la que hablábamos antes: se decía que era un tema hipotecario de EEUU, ajeno, pero enseguida se descubrió que había una interrelación del sistema financiero internacional. Todos los bancos internacionales habían caído arrastrados por el gigante de EEUU.

Se inició entonces un plan para resolver el problema de liquidez de la banca estadounidense y se inyectan cientos de miles de millones por parte del BCE, la Reserva Federal…

La banca sin embargo no salía adelante, y por tanto la economía entra en crisis. Los gobiernos no tienen más remedio que llevar a cabo programas de rescate y empuje (como el Plan E aquí en España) en el que también se dejan otros muchos millones de euros. Consiguen que la economía respire un poco, pero el alivio dura poco ya que estos planes iniciales de rescate no se apoyaron lo suficiente. Y tratar de solucionar la economía sin financiación es imposible.

Países como España se encuentran con que han tenido que hacer gastos extraordinarios y que han caído los ingresos al 65%. El déficit se dispara, y lo que antes era superávit ahora se convierte en deuda.

En Europa aparece otro problema: Grecia.

El país heleno tenía ya una deuda alta a diferencia de España. Debían unos 40 mil millones debido a una mala gestión que venía del pasado en gran parte: olimpiadas que costaron en realidad 20 mil millones (demasiados relaxing cups), la Dictadura de los Coroneles, corrupción… Inmediatamente, se destapan las alertas y Grecia se convierte en un problema para la Unión Europea ya que se teme que su deuda hunda a Europa.

No había que perder más tiempo por tanto: había que rescatar urgentemente a Grecia.

Bien.
Reflexionemos.

Grecia representa el 2% de la Unión Europea. Con perdón para los griegos, hay que señalar que en términos económicos, un 2% del PIB representa muy poco para la UE, por lo que sería exagerado pensar que por culpa de Grecia, la UE se vendría abajo. Por otro lado, decían que 40 mil millones de euros en deuda era una barbaridad, y sin embargo países como Francia y Alemania dieron a sus respectivas bancas privadas 800 mil millones y no hundieron Europa. Al menos que sepamos.

Aun con estas, el Banco Europeo se sienta a cantarle las cuarenta a Grecia, y mientras le tira de las orejas, le ajusta las cuentas. Y les hace entrega de 40 mil millones con la promesa de que se los iba a devolver. ¿Problema solucionado? Ni por asomo. Según los Tratados de Maastrich y Lisboa, se establece que el Banco Central Europeo no puede financiar a los gobiernos.

Así que el BE se ve obligado a recular, y mientras los acreedores de Grecia le aprietan para que encuentre financiación, los helenos se ven obligado a echarse en brazos de la banca privada.

Sí. Eso que habéis escuchado es una risa malvada con una tormenta de fondo.

El BCE le dice a la banca privada (que, recordemos, no tenía dinero, estaba de capa caída), que tienen en Grecia barra libre, es decir, dinero al 0’25, al 1 % (tirado de precio). La banca privada coge el dinero al 0’25 pero como era de esperar, intenta devolvérselo a Grecia al mayor interés posible. Ya dijimos antes que los bancos se alimentan de la deuda, y más que barra libre, en Grecia tenían buffet gratis.

¿Qué nos encontramos? Pues a Grecia pagando créditos incluso al 50% a bancos que les había costado menos del 1%.

Surge (por si fuera poco) entonces otro problema para Grecia, el llamado interés compuesto: la acumulación de intereses adquiridos por un capital inicial (CI) o principal a una tasa de interés (r) durante (n) periodos de tiempo. O dicho en castellano: que durante los meses que tengas que estar pagando un crédito, vas añadiendo capital en forma de intereses a ese dinero que debes. Si pides un crédito al 10%, significa que en 7 años se ha doblado la cantidad inicial que debías solo por los intereses.

En consecuencia, mientras que en 2008 Grecia tenía una deuda de 40 mil millones, ahora cuenta con una de cerca de 525 mil millones de euros (y porque le han perdonado la mitad de lo que debían). Solo en intereses paga alrededor de 14 mil millones de euros cada trimestre.

¿Y cuál es la situación de Grecia? Han privatizado las compañías de teléfonos, se han bajado salarios, funcionarios despedidos… La ley laboral que se ha aprobado establece que hay que dar al menos un periodo diario de descanso de 11 horas, lo que significa que se pueden trabajar 13 horas seguidas. Más vale que nos vayamos haciendo el cuerpo.

Se venden aeropuertos, hospitales, monumentos, islas… Con lo que han obtenido solo 50 mil millones de euros. También se están ajustando las cuentas en el sector público: si lo sumas, si no dejas una pensión ni un maestro, ni nada público, te ahorras 21 mil millones. Y ni una cosa ni la otra sirven porque aun así siguen teniendo que pagar todos esos intereses más la deuda.

En España está ocurriendo igual. En el año 2008, nuestra deuda era de un 37% aunque parezca increíble (el máximo que marca la UE está en el 60%). Hoy en día, tenemos 100% de deuda. El dinero que llevamos pagado en deuda e intereses ronda los 125 mil millones.

Y además, nos encontramos con esa estafa intelectual, en la que nos intentan vender la moto de que la deuda que tenemos es por haber vivido por encima de nuestras posibilidades, en lugar de que los bancos se han endeudado por encima de las suyas.

Si desde el 89 al 2012, aun en esa España lapidadora, si el saldo del Estado se hubiera financiado por un BC al 0%, la deuda hoy en día sería del 14% del PIB. Por eso la banca prohíbe que los bancos centrales financien a los estados.

Y este es el origen criminal de la deuda que tenemos, producida por la libertad de los bancos, la desregularización, la anulación de las normas que controlaban el orden financiero. El capitalismo más salvaje que existe. Todo ello de la mano de una complicidad de los gobiernos y autoridades para poner programas que son inadecuados para salir de la crisis. No hay ningún país que haya salido de una crisis llevando a cabo un recorte en los gastos. En ninguna cabeza cabe que una economía pueda sobrevivir sin sistema financiero. Hoy en día se podía haber resuelto el problema poniendo el BC a funcionar, nacionalizando la banca, y luego, mediante soluciones técnicas intermedias, que pasan por una creación de central de depósitos.

La deuda, amigos, no se puede pagar, es imposible. Se está usando como una herramienta de esclavitud y una excusa para hacer las políticas que favorecen más a las empresas. Hasta qué punto llega la irracionalidad de crear dinero a base de intereses, que en  Europa hay más deuda que dinero. Hay deuda de la deuda, incluso. No habría dinero en toda Europa para terminar de pagar la dichosa deuda.

Lo más seguro es que se cree otra vez un nuevo Club de París o cualquier patochada de esas, con lo que se perdonaría la deuda y sus intereses. Pero es evidente que mientras puedan, esta crisis se seguirá alargando.

Y es la ciudadanía la que se tendría que cerrar en banda y negarse a pagar los platos rotos de la banca. Eso sí, una ciudadanía unida, mayoritaria, fuerte y digna… Por eso lamentaba antes la falta de unión entre las dos Españas, porque si dividen a la sociedad, destrozan los instrumentos que podrían permitir que habláramos como un todo contra ellos, contra los de arriba. En lugar de eso, nos dividen entre nosotros con jueguecitos de derechas e izquierdas, Bárcenas, ERES, escándalos de corrupción… Haciendo que nos tiremos piedras a nuestro propio tejado mientras ellos se libran de entrar en la batalla. Si tuviéramos además un gobierno central soberano en sí mismo y transversal, la crisis probablemente acabaría mucho antes. Pero esto ya sería demasiado pedir.

Esta es nuestra España. Dividida, y con un gobierno que acata órdenes desde Bruselas sin pararse a pensar en qué necesita realmente su población. Que ha desmantelado la democracia porque se aferra a una mayoría absoluta que no permite debates ni enmiendas, que no deja que se cuestionen sus medidas, que busca crear personas de encefalograma plano, desinformadas y sin debate social, reprimiendo y recortando. Anulando nuestro sentido crítico porque, claro, es que la cosa esta muy mal y hay que recortar.


Las herramientas para acabar con la crisis económica las tenemos, pero… ¿Qué hacemos con la crisis intelectual de España?


martes, 26 de febrero de 2013

Capítulo VI


- Desde luego es verdad que hay gente que nace con mala suerte. Y luego hay gente como él.

En cuclillas, y usando las ramitas de los arbustos para ocultarse todavía más, estaba Vay. En realidad no le habría hecho falta aquel camuflaje, porque su piel presentaba el tono verde que caracterizaba a las ninfas. Incluso su pelo recordaba al de las copas de los árboles en primavera. Bastaría con que se quedara quieta unos instantes y a los pocos segundos se mimetizaría con el ambiente. Podríamos decir que había hecho su interpretación propia de la frase “Tierra, trágame”, llevándola a su lado más extremo.

Lo que sucedía era que últimamente pasaba más tiempo entre los humanos que con los de su raza, y eso le producía, de manera inconsciente, cierto efecto de asimilación de sus costumbres. El resultado era que ahora se encontrara de aquella manera. Desde su punto de vista, aquello no era más que un acto protocolario, para que nadie se sintiera incómodo si la descubrían. Y ella era experta en quedar bien en todo tipo de situaciones. La habían entrenado para ello.

Había venido desde muy lejos. Bueno, a cualquiera le podría haber parecido un largo viaje, pero para Vay aquello no distaba mucho de un paseo largo. Ella era la Enviada, la Espía, la Enmascarada, y demás adjetivos con E que no recordaba. Desde Gamdhir, la tierra arbolada del Oeste, hacía de mensajera para informar al Consejo sobre lo que sucedía más allá del Valle Recortado. Los Sabios sabían de sobra todo lo que sucedía en las regiones de Mynr y del Este, pero nunca estaba de más enviar a alguien para confirmar sus teorías y de paso, hacer apuestas y reírse un rato. Ese alguien que enviaban era Vay.

Muy poca gente tenía la capacidad ni el conocimiento suficiente para conseguir atravesar el Valle Recortado sin perder por el camino alguna extremidad importante del cuerpo. Era una especie de barrera natural que dividía el reino de Nirembelth en dos bloques. Al Este quedaban las tierras de Mynr junto con Migross, la tierra del huracán eterno. Se rumoreaba que la gente de Migross, al cabo de los años, acababa perdiendo la cabeza por no atársela bien al cuello.

Al Oeste, Gamdhir era una inmensa extensión arbórea que casi parecía una articulación del Valle Recortado, pero su exótica vegetación y fauna marcaba la diferencia.

Y casi olvidado, al Norte, rugía el volcán Túger en la isla de Rhiëg-Dur. Olvidado, digo, porque antaño, cuando todavía a los Ancianos del Consejo de Gamdhir no les dolía ni un músculo al parpadear, había formado parte del territorio físico de Nirembelth. Cuentan las leyendas que fue durante una partida de hockey entre los dioses lo que provocó el desgarro y el origen de la isla. Y la población de Nirembelth, fuera de la raza que fuese, sentía una gran atracción por las leyendas, lo que se traduce como que las tomaban por historias verdaderas al cien por cien. Aun cuando ni siquiera sabían lo que era el hockey. Sí, en Nirembelth había dioses, pero de ellos nos ocuparemos más adelante, porque son muy reservados.

Nirembelth en definitiva, era un reino conformado por regiones muy diferentes entre sí en todos los sentidos. Como suele pasar con los reinos, conllevaba que tenía que haber un rey. Igual que un día de lluvia traía de la mano calcetines empapados, mal humor y paraguas rotos, un reinado contenía un monarca necesariamente. O, al menos, se habían encargado de que pareciera necesario. Hacía falta una justificación, el pueblo necesitaba una razón para no levantar las hoces, rastrillos y antorchas encendidas para expulsar a una persona que vivía a costa de ellos sin dar nada a cambio.

El rey era la garantía de que había paz. Todo Nirembelth había aprendido a convivir gracias a la figura de un rey. Esta era la justificación. Se olvidaban, por supuesto, de omitir el hecho de que en un periodo en el que el campo, las cosechas, y las condiciones de vida en general se habían endurecido, se minaban las intenciones bélicas. Pero evidentemente, quedaba mucho más romántico afirmar que era gracias a la presencia de la monarquía.

Y así, sin que nadie se cuestionara nada, el linaje de los Norbons se había anclado en el trono. Pero los Ancianos de Gamdhir, cada vez sentían más el impulso de conocer los movimientos de la Casa Real, y ahí es cuando entraba Vay en escena.

Bueno, en realidad hace ya un rato que ha aparecido, pero ustedes ya me entienden.

Vio como caía de espaldas desde la grupa del elefante, y no pudo evitar sentir cierta pena por él. Pena, y un simulacro de dolor intenso en la espalda. ¿En qué lío se habría metido como para verse ahora en esa situación?

Decidió continuar refugiada en su escondite. Tenía ante sí el escenario de lo que iba a suceder, solo tenía que ser paciente y esperar a que lo que tuviera que ocurrir, ocurriese. Siempre lo había hecho así, y nunca le había fallado. Solía funcionar bastante bien, además, cuando podías permanecer escondida tanto tiempo.

El sol iba descendiendo poco a poco. Muy, poco, a poco. Y entonces Vay entendió que aquello iría para largo.

Cambió de postura.

viernes, 25 de enero de 2013

Capítulo V


Atrás quedaban los rosados pastos de la región de Nim. Iba montado a horcajadas sobre alguna especie de criatura gigante de color grisácea que no alcanzaba a identificar. A sendos lados de su cabeza tenía dos pliegues enormes, que Rumiel intuyó que servirían para emprender el vuelo. Un poco más adelante, a unos metros, se veía aquella extremidad sujetando todavía la gran maza con la que había derruido lo que quedaba de su casa.

Rumiel suspiró… O hizo el intento, ya que su estómago estaba aprisionado contra el cuerpo del animal. Lo que pasa es que si no suspiraba, la frase que cruzó su mente a continuación perdía cierto encanto: ‹‹Te echaré de menos, tú, territorio que has sido expuesto a todas mis ocurrencias. No te queda mal el rosa, la verdad››. En realidad no. A quién pretendía engañar, no lo iba a echar de menos. Quién en su sano juicio iba a echar de menos un lugar en el que el concepto “experimentar” se reducía dolorosamente a probar si eran capaces de derribar una pila de botellines de cerveza a escupitajos.

No, no lo iba a echar de menos. Lo que sucedía, y empezaba a temer el hecho de tener razón[1], es que probablemente, en cuanto cruzaran la frontera pasaría mucho tiempo antes de poder volver. Era ese tipo de cosas de las que uno está completamente seguro.

Se consoló pensando que, al menos, la noche anterior se acordó de cambiarse de ropa interior.

El jinete que iba sujetándole, levantó entonces el brazo en señal de alto y la comitiva paró en seco. Debía de tener un cargo muy importante, pensó Rumiel, porque de lo contrario todo el mundo le habría gritado si estaba esperando a que le cayera un anillo de fru del cielo.

Ah, los fru. Esos pajarracos inconscientes que se comen la paja de tu tejado en pleno invierno justo el día antes de que caiga el gran diluvio del año. Aunque eran considerados las aves más hermosas de todo el reino de Nirembelth, originarios de la misma región de Nim, Rumiel no tenía un bonito recuerdo de ellos. Además, ¿hermosos por qué? ¿Por su melódico canto, plumaje de colores armoniosos y cuerpo esbelto? ¿A quién le importan esas chorradas cuando tienes que estar arreglando tu tejado una y otra vez con la ropa calada hasta los huesos? Nadie en el pueblo entendió nunca su afán por esperarlos en lo alto del tejado con una rama gruesa. Es más, eso le costó más de una persecución campesina con sus hoces, antorchas y rastrillos, y demás parafernalia. Esas sí que eran unas noches completas, sí, recordaba Rumiel.

Sin embargo, aquellas riñas por parte de los campesinos estaban más que justificadas. Los fru eran bastante codiciados por las damas de la ciudad capital de Leth por culpa de esas arandelas que llevaban en sus patas. Los fru, en una de sus muchas trayectorias migratorias, mojaban aquellos anillos en las altas montañas del norte, donde se formaban cráteres con charcas de piedras preciosas que se habían derretido debido a las elevadísimas temperaturas y que quedaban a la intemperie. Existía la teoría de que aquello formaba parte de su ritual de apareamiento. ‹‹Eso es trampa. ¿Dónde quedó el tedioso ejercicio del romanticismo? Así cualquiera se las gana…›› mascullaba Rumiel y otros muchos… en fin, como él.

Por este motivo, cada pájaro tenía anillas recubiertas de zafiro, rubí, esmeralda… Y por este motivo, los comerciantes se afanaban por capturarlos y hacerse con ellas.

Lo que no entendían los campesinos de Nim, aunque Rumiel lo entendía perfectamente, no iba a ser él menos que nadie, era aquella necesidad de matar a las criaturas. Ni siquiera servían para comer porque sus cuerpos apenas tenían grasa debido a que eran pura fibra.

Eran ese tipo de absurdeces que en ocasiones los habitantes de Leth llevaban a cabo. Absurdeces que eran a la par que incomprensibles para unas mentes como las de Nim. Unas mentes que, debido a su condición de región campesina, no podían entender definiciones como las de mercado y economía, o competencia, o exclusividad de demanda… Claro que no. Por supuesto Rumiel todo esto lo entendía perfectamente, pero siempre había preferido no inmiscuirse en estas cuestiones.

- Hagamos un descanso, ya está bien por hoy – Dijo entonces la ácida voz del soldado.

Con un fuerte movimiento de brazo, tiró a Rumiel de la montura ante sus ojos abiertos de par en par al comprender lo que iba a pasar a continuación. Con su mirada atónita trataba de decirle, de la mejor manera que se le ocurría, mientras caía: “¡Serás hijode…!”.



[1] No temía al hecho en sí de tener razón. A eso ya estaba acostumbrado porque él siempre tenía razón. Algunas veces más, y la mayoría de las veces menos, pero oye, nadie había ido a su casa a retirársela…. Hasta ese día, todo hay que decirlo.

viernes, 18 de enero de 2013

Capítulo IV


Dejó el rastrillo apoyado en la pared y giró sobre sí mismo mientras su mirada recorría las paredes atestadas de estanterías en las que se intercalaban libros con sustancias extrañas encerradas dentro de botes, frascos… Pero lo que más le llamó la atención fueron los libros. Bueno, él ignoraba que ni siquiera esas cosas tuvieran nombre. Se preguntaba qué interés podía tener el querer conservar así el papel, doblado y apretujado. Todo el mundo sabe que si lo doblas es más difícil usarlo para liar cigarrillos. Cada vez tenía más claro que estaba en la casa de una persona muy extraña.

Su mirada continúo subiendo, aunque no mucho porque tampoco es que aquello fuera un palacio, pero de pronto sus ojos tropezaron con el final.

- Va-vaya, qué ventana más grande tienes ahí en el… - Frunció el entrecejo, invirtiendo todo su esfuerzo en tratar de expresar lo que quería decir -. En el… O-oye, ¿no tienes suelo en la parte de arriba?

Rumiel le miró, con cierta lástima. Llevaba el vaso de agua entre las manos, porque empezaba a sospechar que aquel campesino podía tratarse de algún ladrón o asesino que engatusaba a sus víctimas haciéndose pasar por un pobre imbécil, y en ese caso, lo mejor sería hacer todo lo que le pidiera y tratar de portarse bien. Pero conforme iban pasando los minutos, cada vez le veía más lagunas a aquella idea. Tantas que hasta le estaba empezando a dar la sensación de que el agua le llegaba por la cintura.

- Me imagino que te refieres al techo
- ¡Eso! Va-vaya, eres muy inteligente.

Mientras Rumiel reflexionaba si aquello debía tomárselo como un cumplido o como un par de palmaditas en la espalda, el otro se fue aproximando hacia él para coger el vaso, y al acercarse, entornó los ojos y se quedó mirando fijamente al alquimista. Este no pudo evitar dar un paso atrás, intimidado. Nunca nadie le había mirado desde esa distancia, excepto su madre, y se preguntaba en qué momento el campesino sacaría el puñal con el que daría fin a sus días. Casi podía verse diciendo “Oh vaya, un puñal, qué sorpresa. Eres francamente innovador, sí…”.

Entonces él le hizo la pregunta:

- ¿Y tu barba la-larga y blanca?

Eso sí que le sorprendió. Esperaba que no formara parte de alguna treta en la que, dependiendo de la respuesta que diera, su muerte sería más o menos lenta y dolorosa. Tragó saliva.

- Yo eh… - ‹‹Bien, la balanza se inclina peligrosamente hacia la muerte más macabra›› - ¿Mi barba? - ‹‹Lo estás mejorando›› - No sé por qué me haces esa pregunta - ‹‹Ahora pensará que le tomas por idiota, y se supone que había que guardarlo en secreto››.
- Todos los ma-magos y hechiceros llevan la barba-ba blanca. ¿Dónde has meti-tido la tuya?

Las aguas de las lagunas de la relación hipotética campesino – psicópata definitivamente le llegaban por la cabeza.

- Oh dios…

De repente llamaron a la puerta violentamente. Rumiel sintió como su temperatura corporal descendía unos 20 grados.

- Oh mierda…

Tiraron la puerta abajo y entraron atropelladamente. ‹‹Genial, ya solo os queda derribar las paredes para terminar de dejarme sin casa››.

Una barra gruesa y enorme de madera entró por la pared derecha y salió por la izquierda, provocando un gran estruendo. Era sostenida por una especie de extremidad grisácea con dos orificios en lo que parecía ser el extremo. ‹‹Sí, ya me parecía a mí que no les quedaba mucho tiempo. Verás cuando mamá se entere…››.

Un par de soldados con el rostro y la cabeza ocultos en un manto negro, dejando a la vista solamente… la vista, se acercaron a Rumiel y lo levantaron dos palmos del suelo, agarrándolo por los hombros. De esta guisa, lo sacaron de lo que quedaba de algo a lo que anteriormente se le había llamado casa. Incluso alguna vez, cuando se levantaba de buen humor, se atrevía a llamarlo hogar.

- Os prometo que estaba a puntito de conseguirlo… - mascullaba.

Cuando la comitiva desapareció, de debajo de un par de tablas, Lui asomó su atontada expresión cubierta de polvo. Se dijo a sí mismo que nunca más volvería a hacerle la misma pregunta a ninguna otra persona que fuera candidato a llevar una posible barba blanca.

A falta de tener algo mejor que hacer, se encogió de hombros, volvió a cargar con el rastrillo (una de las pocas cosas que habían quedado obedientemente en pie), y les siguió.

lunes, 7 de enero de 2013

Capítulo III


Lo vio pasar por encima de su cabeza, un montón de paja y madera ensamblada acababa de aterrizar delante de sus narices. Sí. No cabía duda de que aquello formaba parte de algo. En concreto, de la parte de arriba de una casa.

Sin embargo, en su cabeza sí cabía la duda. En aquella cabeza, es más, cabían demasiadas cosas, porque simplemente estaba llena de espacio vacío. Y lo que suele pasar con  las mentes en las que puedes provocar eco solamente con susurrar, es que son como una esponja esperando absorber cualquier estupidez con la que se crucen.

Y aquello por desgracia, era una estupidez.

- Estos pajaritos cada vez los hacen más raros.

Esa fue su majestuosa observación. Miró a su alrededor esperando, me atrevería a afirmar, encontrar a la mamá pajarito, pero en lugar de eso descubrió una casa a unos metros de distancia. Una casa a la que… en fin, le faltaba un buena parte de su estructura, pero evidentemente, para él aquello era un detalle sin importancia que no guardaba ningún tipo de conexión con el amasijo de paja y madera.

Volvía de trabajar, y el rastrillo cada vez se le antojaba más incómodo sobre su hombro. Y cuando se sentía molesto por algún motivo, sus neuronas se afanaban por hacer conexión y buscar soluciones a sus problemas. Por eso emprendió camino hacia la casa. Su instinto, el poco instinto de lo que podría ser un hombre inteligente, sabía que tenía que ir a aquella casa porque probablemente eso supondría hacer algo de provecho.

Llamó a la puerta.

Escuchó voces, el ruido de algún cacharro de cocina caer al suelo, un “Mierda, ahora no solo tengo un agujero en el techo, también en el suelo”, algunos pasos, la sensación de que te están observando por la mirilla, más pasos, de nuevo aquella sensación y, entonces, un chasquido que indicaba que habían abierto la puerta.

Apareció alguien con aspecto cansado, el pelo color castaño agolpado en su cabeza desordenadamente echaba humo desde las puntas. La túnica raída era un claro indicio de que llevaba un mal día. Y el hecho de que sus calcetines asomaran por la puntera de las botas subrayaba que no había esperanzas de que mejorara.

- ¿Quién se supone que eres tú?

El campesino dio un paso atrás ante aquella imagen. Alcanzó a comprender que esa persona podía tener un hueco en su lista de “peligros de el que uir”.

- Lui.[1]
- Eh… Ah… Bien. Bonito nombre supongo. Corto pero… en fin, dicen que el tamaño no importa y supongo que será verdad porque a mí claro ejé, nadie me lo ha dicho nunca porque – Y más bajito, añadió – porque nunca he tenido a nadie que me lo diga. ¿Qué se supone que has venido a hacer?
Lui se encogió de hombros, mientras varias gotitas de sudor se deslizaban por su frente. Quizás lo más inteligente era no responder y dar media vuelta. Pero eso habría sido lo inteligente.
- No-no lo sé. La señora Dof-dofnoven me hace esa pregunta constantemente y tampoco s-sé nunca qué responderle.

Hubo un silencio incómodo, en el que Rumiel trataba de masticar aquellas palabras poco más que balbuceadas.

- Quiero agua.
- Oh dioses, no me hables de agua precisamente hoy…
- ¿Pu-puedo pasar? El rastrillo me pesa.
- Esa es una pregunta cuya respuesta, técnicamente, sería afirmativa pero he de decir que no es momento para… ¡Eh!

Lui solo había entendido la primera palabra que el mago, alquimista, loquefuera, había pronunciado. Y lo interpretó a su manera. Y entró.



[1] Si estuviéramos hablando de una persona con un coeficiente intelectual que superara los números negativos, su nombre podría haberse escrito perfectamente como “Louis”. Sin embargo, a fuerza de estar toda su vida escribiendo* “Lui”, aquel  pobre nombre había perdido toda esperanza de pertenecer a una categoría más sofisticada de nombres y había acabado por darse a la bebida.
*Y quien dice escribir, dice apuñalar el papel con la pluma.