lunes, 31 de diciembre de 2012

Capítulo II


Por los aires.

<<Bien Rumiel, ahí tienes otra vez tu tejado. Bueno, mejor dicho, ahí no lo tienes. Espero que esta vez no se haga demasiado añico al aterrizar>>.

Se ajustó las gafas y se dispuso a revisar las fórmulas que tenía anotadas ante sí mientras hacía aspavientos con la mano para apartar el humerío. El frío que se introdujo por su túnica bajando por la espalda le avisó de que no quedaban muchas horas para que amaneciera. Se estremeció con un escalofrío. No le quedaba mucho tiempo, y aquello aún no estaba preparado. Y él no estaba preparado para decirle a quien se lo había encargado que eso no estaba listo. Nadie está nunca preparado para que su cabeza empiece a rodar por el suelo.

- Es que no termino de entender qué puede haber salido mal…
- ¡Brruaak! ¡Salido!

Del sobresalto estuvo a punto de derramar sobre la mesa todos sus frascos.

- Oye, si no quieres que te desplume como aquella vez mantente calladito. Necesito pensar y…
- ¡Necesito desplumarte! ¡Brruuuak!

Le fulminó con la mirada. Su madre dijo que aquel pajarraco le haría compañía, pero en contra de todo pronóstico, solo servía para que el silencio de la soledad le pareciera mucho más atractivo. ¿No podía haberle regalado un pez? Hay ocasiones en las que una madre puede llegar a ser más peligrosa que cualquier experimento fallido. El problema, lo que diferencia a ambos, es que a una madre no le puedes decir que no lo vuelva a hacer mientras te arrodillas entre sollozos y con la túnica carbonizada.
No. No surtiría efecto. Porque en lugar de escucharte su mente estaría analizando las mil formas que existen para dejar la túnica reluciente. Y si su marido andaba cerca, probablemente le concediera a él los honores. Ya pasó una vez.

Optó entonces por no responder a Polly. Ni siquiera le había dado la oportunidad de decidir el nombre del loro. Porque evidentemente él no había tenido nada que ver. Claro que no.

Tratando de concentrarse en lo que estaba leyendo, llegó a la conclusión de que aquella empresa era la tarea más difícil a la que había tenido que enfrentarse. No cabía duda. Otras veces había incendiado su casa, cambiado el clima provocando fuertes tormentas, envenenado todo el campo de los alrededores, desintegrado alguna parte de su cuerpo… Pero siempre valía la pena, porque SIEMPRE daba con la clave. Por el contrario, aquella vez tenía una choza descapotable y un caldero que no paraba de borbotear.

- A ver, repasemos…
800 g de galletas
100 g de mantequilla
50 g de azúcar
½ vaso de agua
200 g de chocolate
Dos vasos de leche

- Bien… Quizás debería haber cambiado la pizca de aluminio por la de azúcar. Quizás debería tener más cuidado con el orden alfabético en el que coloco los botes sobre la estantería. Sí, puede que ahí esté el fallo. Aunque me resulta extraño que el aluminio no se lleve bien con el agua…. – Arqueando una ceja, giró un poco la cabeza y echó un vistazo al bote del que había extraído el líquido. En la polvorienta etiqueta, aun se podía leer aquello de “Agua…” pero al pasar el dedo gordo por la superficie  y apartar una gruesa y densa capa de partículas ambientales, pudo leer la palabra “…fuerte”. – Bien, Rumiel, eso es. Qué diría mamá si viera esto. Un “te lo dije” bastante afilado seguramente.

- ¡Te lo dije!
- ¡¿Quieres cerrar el pico de una v…?!

Llamaron entonces a la puerta.

domingo, 30 de diciembre de 2012

Capítulo I


Notó algo frío en la palma de su mano. Bueno, no era exactamente frío, pero teniendo en cuenta la temperatura ambiente en la que se encontraba, podríamos decir que producía una sensación agradable al contacto con la piel. Estaba acostumbrado a los días de calor, a que las piedras se derritieran por no ser capaces de pedir un cubo de agua fría, a que el camino serpenteara titilando bajo los descorazonados rayos de sol, a que… a que los pensamientos se evaporaran como el agua. Sí, a todo eso debías estar acostumbrado cuando te tocaba trabajar tantas horas bajo el sol.

¿Trabajar?

-Grrmf…

Con lentitud, el párpado se fue despegando de su colchón y la primera imagen que tuvo delante de sus narices fue el mismo trozo de tierra que había visto antes de que se cerraran sus ojos. Pero le llamó la atención descubrir que seguía estando a la misma altura. Recobrando un poco la conciencia, sintió que el brazo lo tenía bastante entumecido, y entonces comprobó que se había quedado dormido sobre el rastrillo.
Su primera reacción recién despierto, fue levantar rápido la cabeza, limpiarse el hilo de baba que se había derramado desde la comisura de su boca y observar a su alrededor esperando que el capataz estuviera a una distancia prudente.

Es decir, que no estuviera.

-Parece que me he librado una vez más – Se dijo a sí mismo, sin poder evitar que la sonrisa apareciera en su rostro.

Se echó el rastrillo al hombro, recogió su bolsa y empezó a andar.
···
Cuando llegó a casa el reloj acababa de marcar las doce de la noche y la tormenta rugió a sus espaldas. Cerró la puerta tras de sí, con un portazo. Estaba cansado, y eso le ponía de muy mal humor. Echó un rápido vistazo a la estancia, por calificarlo de alguna manera. Y  no encontró una mísera botella de cerveza en ese radio de búsqueda. Gruñó. Estaba aún más enojado.

Con paso lento y pesado, dejó la espada y el casco que le identificaban con el cargo de guardia del pueblo sobre la mesa. A algún gracioso se le había ocurrido la idea de que dos casas juntas y un corral se merecía la denominación de pueblo. Y a alguien aún más gracioso, y no sin cierta inclinación hacia las bromas pesadas, se le había ocurrido que él fuera el guardia de… aquello. No podía quejarse, sin embargo. Allí nunca pasaba nada. En otras palabras, le pagaban por vigilar a la nada. No es que fuera un trabajo difícil, claro está. A pesar de no tener apenas formación, era consciente de que tenía la capacidad para ejercer el cargo. El problema surgía cuando veía que tenía que cumplir con el llamado horario laboral. Si le preguntaban cuál era su opinión sobre aquel dichoso horario laboral, diría sin dudar un ápice que es “un arma de esos tiempos modernos que corren que usan los cerdos de los nobles para matar lentamente a las personas”. Lo que no conseguía entender era por qué alguien iba a querer deshacerse de él.

Se encogió de hombros. Y entonces vio el botellín.

Usando el borde de la mesa como abridor, se sentó a degustar aquel líquido. Digno de los dioses. No de dioses demasiado importantes, pero dioses al fin y al cabo. Contempló el crepitar del fuego, intentando hacer caso omiso a la soledad, que se acomodaba a su lado en el ancho sillón.

- Hace frio esta noche, ¿eh jefe?
- Oh, cállate. Te dije que a final de semana no tengo humor para tus tonterías.
- Yo solo venía a hacerte un poco de compañía…
- ¿No tienes a nadie más a quien molestar?
- ¿Ves? Precisamente por respuestas como esas me veo obligado a tener que venir a visitarte.
- Eres libre de irte, ahí tienes la puerta. Tendrás que empujar un poco para que se abra porque en invierno el cerrojo se congela.
- ¿Sabes? A mí me gusta esto tan poco como a ti, Capitán. Y no me pienso ir porque tengo el deber de…
- Mira, vivo solo. Siempre he vivido solo. Cuando nací mi madre empleaba su tiempo en pensar la manera de darme el pecho sin tener que acercarse demasiado a mí. Y mi padre me enseñó a usar la espada sin estar conmigo. Así que no me vengas a estas alturas con tus payasadas de tener que hacerme compañía porque…
- Desde luego, desde que Myriam se fue tu humor ha ido de mal en peor.
- ¿En serio vas a sacar el tema de Myriam ahora?
- No soy yo. Eres tú el que está pensando en ella. Yo solamente soy uno de tus muchos alter egos. Me dedico a externalizar tus pensamientos. Con suerte, no todos.

Suspiró.

- Sí, yo tampoco entiendo qué había de interés en las montañas para que tuviera que irse.
- En serio, hazme el favor.
- Está bien, está bien. ¿Queda más cerveza?

Esbozó una media sonrisa, cansada, y ni siquiera se puede afirmar que fuera una sonrisa. Más  bien una mueca.

- Ahora sí se nota que eres uno de mis yo.

jueves, 8 de noviembre de 2012

La jefa

Un desastre. Una desaliñada. Así, con esas dos calificaciones que sientan como un jarro de agua fría por la espalda, las "super mamás" describen a casa y mujer trabajadora, respectivamente.

Y no lo entiendo. Hay veces que no sé por qué las mujeres tendemos a tratar de estar por encima de las  demás féminas que estén en un radio de 30 metros. ¿Acaso no estamos todas, más o menos, en la misma situación? ¿No tenemos ya suficiente con vivir en un mundo de hombres (por fortuna, cada vez menos), como para que entre nosotras también nos pisoteemos? Para algunas, parece ser que alzarse como la hembra alfa es mucho más prioritario.

Llevo algunos días dándole vueltas al tema de la mujer que es madre y que además trabaja. No diré la madre soltera, aunque si analizamos con profundidad la situación, la que está casada tiene todavía más responsabilidades. Una madre trabajadora casada (ya hasta el mero hecho de añadirle tantos apellidos resulta agotador), debe ocuparse de: niños (cuantos más, peor), casa (cuanto más grande, peor) y marido (cuanto más marido, peor). Y, por supuesto, de ella misma. No solo debe de estar acicalada en su día a día como madre, también tiene que cuidar su uniforme de superheroína cuando va a la oficina*. 

No sé por qué se le exige esto. Esa perfección casi divina. Nadie podría aguantar eso durante todos los días del año (laborables), pero ellas lo hacen. Como pueden. Porque, al mínimo fallo, siempre hay alguna madre casada que estará ahí, acechando entre los grupos de demás madres casadas, deseando encontrar cualquier detalle que sirva para animar el café de por la tarde con sus amigas. ¿A qué se debe esto? ¿Por qué deben ser las que más tienen que trabajar las que menos margen de error tengan?

Además, no nos engañemos. Al final, una de las cosas que más reconforta es ver la sonrisa que tu madre siempre tiene guardada para ti cuando llega del trabajo. Por más tiempo que pasen en casa las "super mamás". Y esa sonrisa, no te la regala por lo que pueda decir el ejército de cotorras, que, por fortuna, aun no ha aprendido a poner cámaras de vigilancia en casa. Esa sonrisa te la regala porque sabe que, seguro, le has echado una mano en la casa. Y sí, vale, porque te quiere mucho.

Y es que en el trabajo será una empleada más... Pero en casa, ella seguirá siendo siempre la jefa.




*Al contrario que Superman.

domingo, 7 de octubre de 2012

Sí al aborto, no a la estupidez

Hoy, una bonita mañana de domingo, poco fresca eso sí, pero que animaba a salir a la calle, hemos ido Victoria y yo a almorzar. Con un poco de suerte, igual hasta conseguíamos tomar un poco el sol del que, dentro de pocos días, estaremos privadas.

Todo se desarrollaba con normalidad. Charlas, paseo, mira esto, mira aquello, luego nos pasamos... lo normal  para una salida de dos amigas. Llegamos al sitio en el que íbamos a comer, con la suerte de que había aun bastantes sitios libres y no nos vimos obligadas a mirar mal a nadie, y nos sumergimos en la carta del menú. Tengo un sentimiento un tanto contradictorio con ese tipo de cartas: muchas opciones en las que elegir implica muchas dudas. Sin embargo, al final, el hambre te hace decantarte relativamente rápido.

La comida servida, irrumpen en la sala dos niñas, quizás un poco más pequeñas que nosotras (que, aunque nos pese, ya tenemos una edad). Banderas atadas al cuello, pancartas pegadas a unos palitos que hacían las veces de banderitas, panfletos... Casi estuve a punto de apostar que venían de algún partido de fútbol. Entonces, vi la frase. Esa horrible frase que hizo que el estómago se me revolviera a pesar del hambre. "Por el derecho a la vida", decían. Y yo pensaba "por el derecho a comer tranquila". Por suerte, ellas iban a lo suyo y no se dedicaron a dar ningún tipo de charla, que, a su parecer, es vital y moral que todos conozcamos.

Pero ya me había cabreado, y entonces reflotaron mis opiniones acerca de toda esta parafernalia en lo que se ha convertido algo tan simple como "el derecho de una mujer a ser madre, o a no serlo". Puedo estar de acuerdo en que haya gente que su único fin y objetivo en esta vida sea el de formar una familia. A mí me parece una meta un tanto anacrónica, ya que ese mismo pensamiento lo tenía la abuela de mi abuela cuando todavía no sabía ni hablar, pero no por ello, voy a tacharla de poco hermosa. Sí, es bonito querer formar una familia, un hogar, un nido, como lo quieran llamar. Pero no olvidemos que el chocolate es de los mejores inventos que ha podido hacer el hombre, y no por ello le gusta a todo el mundo.

Formar una familia no está dentro de mis miramientos precisamente ahora. Y supongo, que para una chica a la que han violado, tampoco. Claro, para una niña pija, a la que mami y papi le van a poder mantener al niño, pues le importa una mierda decir "sí a la vida", porque aunque tenga que cambiar pañales, sus padres se encargarán de poder seguir costeándole la carrera de turno que haya elegido. No todas tienen esa misma suerte. Y estoy segura, de que ni siquiera las que van a este tipo de concentraciones (insisto, gente muy joven) sabrá todo lo que conlleva esa dichosa frase. Además, odio ese amarillismo del eslogan. Es decir, ¿me estás llamando asesina por querer vivir mi vida? Seamos sinceros, todo el mundo con dos dedos de frente (y justo en este saco, no están las dos niñas pijas del restaurante) sabe que cuando se tiene un niño, se cierran muchísimas puertas. En la mayoría de los casos, y dependiendo de la familia, claro está, la primera puerta que se te cierra es la de tu casa.

No sé qué pretenden. Ni sé quién les ha lavado el cerebro, pero si piensan que están haciendo un favor a la humanidad, están muy equivocadas. Su derecho a la vida les quita el derecho a rehacer la suya propia a chicas que no han tenido la misma suerte que ellas. Chicas que seguramente lo que menos necesitan después de un descuido o una agresión, sea escuchar que, efectivamente, van a tener que cargar con el niño. No quiero, ni puedo, ni soy capaz de imaginarme esa sensación de impotencia. Me aterra. Nunca me ha gustado que me obliguen absolutamente a nada, y tener un hijo me resulta todavía a esta edad* una carga demasiado pesada.

Así que, aunque sé que esto no lo van a leer, les pido que dejen ya de defender cosas que escapan a su entendimiento, y se dediquen a estudiar y formarse, que es lo que tienen que hacer en lugar de perder la mañana en una concentración. Que no se metan en la vida de nadie, porque nadie les ha dicho que tengan hijos por narices. Que se quiten esas banderitas ridículas con las que solo confirman su estupidez, y dejen en paz al mundo, y a las mujeres de verdad. Esas que han luchado por tener derechos como, por ejemplo, el de abortar.




*Puede que cuando tenga cincuenta o sesenta años opine de otra forma, por las cosas de la vejez y eso. Llegado ese momento, me compraré un conejito.

lunes, 1 de octubre de 2012

Periodismo

¿Cómo es posible que un Salón de Actos tan grande, se quede pequeño y obsoleto cuando se empieza a hablar de paro? No tengo una respuesta, ni mucho menos, pero sí os puedo confesar que sucede. Cuando empiezas una nueva etapa de tu vida, lo último que quieres es que te estén martilleando constantemente con todos los puntos negativos de dicha fase. Te martillean tanto que os aseguro que duele la cabeza. Literalmente.

No es fácil aguantar el tipo en ese momento. Y agradeces estar sentada en una butaca cómoda, de buenos posabrazos, para sentirte un poco reconfortada y notar menos cómo tiemblan tus piernas. Aunque por más mullido que sea tu asiento, el revolverte en él y pensar "por favor, otra vez, ¿por qué no cambian de tema?" son dos cosas que no puedes evitar. Es incómodo. Y te hace sentir mal. No es que estudiar sea precisamente gratuito, y ya te sientes culpable por el hecho de que tus padres te lo estén pagando sin pedirte a cambio nada más que notas, como para que encima nos taladren la cabeza con índices de paro y demás dificultades de la profesión. Ya lo sabemos. Lo sabíamos ya cuando elegimos la rama de bachillerato, y lo sabíamos mientras veíamos las notas de selectividad. Vamos a ser periodistas, intentamos saberlo todo.

En muchas ocasiones a lo largo del día te dan mil y una razones para abandonar, para sentir que estás perdiendo el tiempo y para plantearte el estudiar otra cosa. Tienes el momento de debilidad como cualquier otro ser humano. Sin embargo, cuando sales de la facultad y de nuevo te encuentras con la situación actual, con la cantidad de cosas que hay por denunciar, y con todos esos personajes que se frotan las manos sin que nadie les dé un momento incómodo (el que les debemos por todas esas charlas incómodas sobre cifras negativas y tasas de paro), piensas que, efectivamente, lo hiciste bien al elegir estudiar periodismo. Si no has pensado esto, entonces sí, métete en otra carrera.

Hoy me han enseñado un concepto importante, que ha estado ahí agazapado en la penumbra y que no tenía ni la más remota idea de cómo definirlo. Hoy he entendido que cuando el periodismo se ve atacado de esta forma tan brutal, es porque algo va mal. En una democracia, hace falta periodistas.Hace falta que haya gente que cubra todas esas barbaridades que se nos escapan. ¿Por qué precisamente cuando hace más falta que haya información, el sector está más débil? No sé qué entienden últimamente los políticos por democracia, pero yo el concepto lo tengo muy claro. Ésta ha sido una de las razones por las que he dicho "vamos a seguir con esto".

Otra razón ha sido la visita de Ana Pastor a la facultad. Nos ha enseñado un nuevo modelo de periodismo: el incómodo. Llegó, como si fuera una más, y nos habló como si hiciera poco menos de un año que terminó la carrera. Y luego le hice una pregunta. No quería irme de allí sin hacerle una puñetera pregunta, porque de lo contrario, cuando llegara a casa me sentiría horrorosamente mal conmigo misma. Y eso no lo podía permitir.

Como hacerme la foto con ella estaba ya más descartado que una carta de póker en la baraja española, le tenia que hacer la pregunta.

Ella decía que para hacer periodismo incómodo, necesitas estar respaldado por tu jefe. Necesitas que alguien te guarde las espaldas mientras tú estrangulas al entrevistado a preguntas. Yo le pregunté que si ella, aun sintiéndose defendida, había tenido problemas al elaborar la batería de preguntas, para que no quedaran, digamos, políticamente incorrectas. También le pregunté que si en alguna entrevista, alguna vez, había pensado que quizás se había pasado y era mejor "recular".

Entonces me dijo que se le ocurrían muchísimas preguntas malvadas el día antes de la entrevista, y que tenía que ser consciente de lo que a un ciudadano normal le gustaría preguntarle al político de turno si lo tuviera delante*, porque ella sí tiene la suerte y la oportunidad de hacerle esas preguntas. Y que nunca se había arrepentido de haber hecho una entrevista incómoda.

Y esa ha sido mi primera pregunta a una personalidad importante. Espero que para la próxima haga más preguntas y mejores. Le gustó que alguien de primer año le hiciera una pregunta, y a mi también me gustó escucharme haciéndosela. Yo que pensaba que no iba a tener valor...!!

De momento, me toca seguir repasando....













*Aunque igual, más que preguntarle, a más de uno le gustaría "arreglarle" la cara.


jueves, 27 de septiembre de 2012

Hagamos un paréntesis (

Antes de continuar con la rutina kantiana que estaba desgajando, quería hablar sobre una cosa que me afecta a nivel personal. Nunca he entendido esa expresión. Si todos somos personas, todo nos debería afectar a nivel personal, ¿no? Bueno, a lo que iba.

Este pasado 25, aconteció en Madrid una manifestación multitudinaria (y, a las cadenas de televisión les quiero explicar que la palabra multitudinaria no significa "cuatro gatos") que consistía, o tenía como objetivo, rodear el Congreso. Algunos, los más patrióticos, han empezado a afirmar que "unos cuantos" buscan que la imagen que se dé de España a nivel internacional sea similar a la de Grecia. Para empezar, no tienen ni siquiera que buscarlo, porque ya la damos. Y después, ¿realmente piensan que nadie se iba a quejar? Es decir, ¿en serio piensan que todo el mundo se iba a cruzar de brazos? Esto no es más que algo que ya estaba tardando en suceder. Suerte para ellos que, mientras sucedía o no, han tenido tiempo de buscar escondite.

Pero no he puesto esta entrada para hablar de la movilización en sí. Me gustaría centrarme en la actuación policial. O ni siquiera sé si debería de llamarlo así, porque eso de policial solo tuvo el uniforme.

Por un lado, es comprensible que un policía no puede apoyar una manifestación (mientras esté trabajando) porque su deber es guardar el orden. El problema es que últimamente, los policías están confundidos. Sí. Confunden cuidar de que una marcha se desenvuelva pacíficamente con impedir que se desarrolle. Y no me gusta. Porque entonces, el policía realmente no está cumpliendo con uno de sus deberes. Si bien es el protector del pueblo, en las últimas congregaciones dejan mucho que desear.

Porque su papel, ha pasado a ser el de unas marionetas. Y ni siquiera les pagan. 

Por otro lado, es lógico también que infiltren a compañeros de paisano entre la multitud con el único fin de que les resulte más fácil controlar el orden público. Pero desde que empezaron todas estas manifestaciones, parece que dichos compañeros son el comodín perfecto para que empiece una batalla campal en las calles. Esto en la época de Franco pues oye, era de esperar. Ahora, en una democracia, y en medio de una marcha pacífica, ¿realmente es necesario?

Siempre he defendido a los policías. A mi parecer, no son más que víctimas como todos, a los que también les recortan como a todos, pero que no se pueden quejar como hacemos todos. Sin embargo, tengo que decir que lo del otro día fue vergonzoso. No me gustó. Me asusté incluso, porque piensas "¿y esta gente es la que vela por nuestra seguridad?". Me decepcioné. Esos no son los policías que yo desde siempre he conocido y de los que me sentía orgullosa.

Si tanto les importa que la imagen de España no se vea más dañada de lo que está, que dejen que el pueblo ejerza su derecho a manifestarse, porque el pueblo no quiere pelear mediante la violencia, no tiene medios ni carga suficiente para hacerlo. 

¿De que tienen miedo entonces? ¿De que llevemos razón?


miércoles, 26 de septiembre de 2012

Tal y como Kant I

Incansable, vuelve a sonar el despertador. Ni un minuto arriba, ni, por desgracia, ni un minuto abajo. El puñetero es preciso como si sus padres hubieran sido nucleares.

Un poco más cansada, una mano vuelve como cada mañana a tantear por la mesita de noche, esquivando diversos objetos (pintalabios, lamparita, libros...) para no formar el estropicio a primera hora. Aun hay demasiado día por delante y lo más seguro es que se presenten más y mejores oportunidades para meter la pata, solo hay que ser paciente y esperar el momento exacto, ese en el que te rodee la mayor gente posible y no distingas un lugar para esconderte.

El pie, por su lado, se resigna. Está demasiado calentito entre las sábanas como para querer salir, pero el cerebro es casi como un dictador en su máximo esplendor: levanta, leñe. Y al final, hay que ceder, porque en el fondo sabe que si no obedeces, las consecuencias van a ser peores.

Como si fueras el mejor imitador de cualquier zombie de relleno de cualquier película de, por ejemplo, George A. Romero, llegas un día más al cuarto de baño. Y un día más te preguntas por qué tu pelo tiene esa manía de querer impresionarte con peinados cada vez más extravagantes. Nadie lo entiende, y quizás por eso tu peluquero no tiene compasión con él y corta más de la cuenta. Quizás esto explicaría por qué los peluqueros, la mayoría, parece que no escuchan a su cliente. En el fondo, es probable que el peluquero lo único que quiera sea ahorrarte más sustos mañaneros.

Después de arreglarte (o eso que consideras estar arreglado a esas horas) frente a un espejo que habría deseado estar roto, vuelves a la habitación y abres el armario. Entonces, sucede algo que para ti es normal, pero que para cualquier otra persona es una proeza: combinar así esos colores... y esa ropa. Si fueras a una fiesta de disfraces de imitadores de Elton John. Hay gente muy rara en el mundo, no pongáis esa cara. Y no, nunca he ido a fiestas así. Yo soy más de Lady Gaga.


Buenas tardes

Si esto fuera un encuentro en alguna calle abarrotada de gente, quizás nos pararíamos uno enfrente del otro, nos miraríamos, con cierta incertidumbre, ya que no sabríamos si nos hemos visto antes o no, mientras el río de gente continúa fluyendo a nuestro lado. Pero en ese momento daría lo mismo.
Después (el más atrevido), se animaría a levantar una mano y estrechársela al otro, a modo del saludo convencional. Quizás un par de besos en cada mejilla, habrían decorado el momento.

Bien.

Esto no es una calle, ni estamos viéndonos el uno al otro. Ese es el problema de Internet, que a veces el contacto humano deja mucho que desear, por más que nos empeñemos en que no sea así. No obstante, ahí está lo bonito, en intentar al menos que esto sea una ventana en la que puedas conocer, o conocer más, a la gente.

En este blog me gustaría hablar de mi punto de vista en cuanto al mundo. Como el mundo es muy grande, me tendré que conformar con tratar el que me rodea. Y ahí está el problema. Que ese mundo, que nos resulta tan pequeño a veces y otras muchas tan grande, puede tornarse aburrido, tedioso, monótono, cansino... Pero siempre hay algo de lo que hablar. Siempre hay algo que analizar, porque siempre están sucediendo cosas.

Lo que no hay siempre, es tiempo para contar todo lo que queremos.

Pero por algún lado hay que empezar, ¿no? Así que buenas tardes. Y si quiere, le invito a algo.