martes, 26 de febrero de 2013

Capítulo VI


- Desde luego es verdad que hay gente que nace con mala suerte. Y luego hay gente como él.

En cuclillas, y usando las ramitas de los arbustos para ocultarse todavía más, estaba Vay. En realidad no le habría hecho falta aquel camuflaje, porque su piel presentaba el tono verde que caracterizaba a las ninfas. Incluso su pelo recordaba al de las copas de los árboles en primavera. Bastaría con que se quedara quieta unos instantes y a los pocos segundos se mimetizaría con el ambiente. Podríamos decir que había hecho su interpretación propia de la frase “Tierra, trágame”, llevándola a su lado más extremo.

Lo que sucedía era que últimamente pasaba más tiempo entre los humanos que con los de su raza, y eso le producía, de manera inconsciente, cierto efecto de asimilación de sus costumbres. El resultado era que ahora se encontrara de aquella manera. Desde su punto de vista, aquello no era más que un acto protocolario, para que nadie se sintiera incómodo si la descubrían. Y ella era experta en quedar bien en todo tipo de situaciones. La habían entrenado para ello.

Había venido desde muy lejos. Bueno, a cualquiera le podría haber parecido un largo viaje, pero para Vay aquello no distaba mucho de un paseo largo. Ella era la Enviada, la Espía, la Enmascarada, y demás adjetivos con E que no recordaba. Desde Gamdhir, la tierra arbolada del Oeste, hacía de mensajera para informar al Consejo sobre lo que sucedía más allá del Valle Recortado. Los Sabios sabían de sobra todo lo que sucedía en las regiones de Mynr y del Este, pero nunca estaba de más enviar a alguien para confirmar sus teorías y de paso, hacer apuestas y reírse un rato. Ese alguien que enviaban era Vay.

Muy poca gente tenía la capacidad ni el conocimiento suficiente para conseguir atravesar el Valle Recortado sin perder por el camino alguna extremidad importante del cuerpo. Era una especie de barrera natural que dividía el reino de Nirembelth en dos bloques. Al Este quedaban las tierras de Mynr junto con Migross, la tierra del huracán eterno. Se rumoreaba que la gente de Migross, al cabo de los años, acababa perdiendo la cabeza por no atársela bien al cuello.

Al Oeste, Gamdhir era una inmensa extensión arbórea que casi parecía una articulación del Valle Recortado, pero su exótica vegetación y fauna marcaba la diferencia.

Y casi olvidado, al Norte, rugía el volcán Túger en la isla de Rhiëg-Dur. Olvidado, digo, porque antaño, cuando todavía a los Ancianos del Consejo de Gamdhir no les dolía ni un músculo al parpadear, había formado parte del territorio físico de Nirembelth. Cuentan las leyendas que fue durante una partida de hockey entre los dioses lo que provocó el desgarro y el origen de la isla. Y la población de Nirembelth, fuera de la raza que fuese, sentía una gran atracción por las leyendas, lo que se traduce como que las tomaban por historias verdaderas al cien por cien. Aun cuando ni siquiera sabían lo que era el hockey. Sí, en Nirembelth había dioses, pero de ellos nos ocuparemos más adelante, porque son muy reservados.

Nirembelth en definitiva, era un reino conformado por regiones muy diferentes entre sí en todos los sentidos. Como suele pasar con los reinos, conllevaba que tenía que haber un rey. Igual que un día de lluvia traía de la mano calcetines empapados, mal humor y paraguas rotos, un reinado contenía un monarca necesariamente. O, al menos, se habían encargado de que pareciera necesario. Hacía falta una justificación, el pueblo necesitaba una razón para no levantar las hoces, rastrillos y antorchas encendidas para expulsar a una persona que vivía a costa de ellos sin dar nada a cambio.

El rey era la garantía de que había paz. Todo Nirembelth había aprendido a convivir gracias a la figura de un rey. Esta era la justificación. Se olvidaban, por supuesto, de omitir el hecho de que en un periodo en el que el campo, las cosechas, y las condiciones de vida en general se habían endurecido, se minaban las intenciones bélicas. Pero evidentemente, quedaba mucho más romántico afirmar que era gracias a la presencia de la monarquía.

Y así, sin que nadie se cuestionara nada, el linaje de los Norbons se había anclado en el trono. Pero los Ancianos de Gamdhir, cada vez sentían más el impulso de conocer los movimientos de la Casa Real, y ahí es cuando entraba Vay en escena.

Bueno, en realidad hace ya un rato que ha aparecido, pero ustedes ya me entienden.

Vio como caía de espaldas desde la grupa del elefante, y no pudo evitar sentir cierta pena por él. Pena, y un simulacro de dolor intenso en la espalda. ¿En qué lío se habría metido como para verse ahora en esa situación?

Decidió continuar refugiada en su escondite. Tenía ante sí el escenario de lo que iba a suceder, solo tenía que ser paciente y esperar a que lo que tuviera que ocurrir, ocurriese. Siempre lo había hecho así, y nunca le había fallado. Solía funcionar bastante bien, además, cuando podías permanecer escondida tanto tiempo.

El sol iba descendiendo poco a poco. Muy, poco, a poco. Y entonces Vay entendió que aquello iría para largo.

Cambió de postura.