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Desde luego es verdad que hay gente que nace con mala suerte. Y luego hay gente
como él.
En
cuclillas, y usando las ramitas de los arbustos para ocultarse todavía más,
estaba Vay. En realidad no le habría hecho falta aquel camuflaje, porque su
piel presentaba el tono verde que caracterizaba a las ninfas. Incluso su pelo
recordaba al de las copas de los árboles en primavera. Bastaría con que se
quedara quieta unos instantes y a los pocos segundos se mimetizaría con el
ambiente. Podríamos decir que había hecho su interpretación propia de la frase
“Tierra, trágame”, llevándola a su lado más extremo.
Lo
que sucedía era que últimamente pasaba más tiempo entre los humanos que con los
de su raza, y eso le producía, de manera inconsciente, cierto efecto de
asimilación de sus costumbres. El resultado era que ahora se encontrara de aquella
manera. Desde su punto de vista, aquello no era más que un acto protocolario,
para que nadie se sintiera incómodo si la descubrían. Y ella era experta en
quedar bien en todo tipo de situaciones. La habían entrenado para ello.
Había
venido desde muy lejos. Bueno, a cualquiera le podría haber parecido un largo
viaje, pero para Vay aquello no distaba mucho de un paseo largo. Ella era la
Enviada, la Espía, la Enmascarada, y demás adjetivos con E que no recordaba.
Desde Gamdhir, la tierra arbolada del Oeste, hacía de mensajera para informar
al Consejo sobre lo que sucedía más allá del Valle Recortado. Los Sabios sabían
de sobra todo lo que sucedía en las regiones de Mynr y del Este, pero nunca
estaba de más enviar a alguien para confirmar sus teorías y de paso, hacer
apuestas y reírse un rato. Ese alguien que enviaban era Vay.
Muy
poca gente tenía la capacidad ni el conocimiento suficiente para conseguir
atravesar el Valle Recortado sin perder por el camino alguna extremidad
importante del cuerpo. Era una especie de barrera natural que dividía el reino
de Nirembelth en dos bloques. Al Este quedaban las tierras de Mynr junto con
Migross, la tierra del huracán eterno. Se rumoreaba que la gente de Migross, al
cabo de los años, acababa perdiendo la cabeza por no atársela bien al cuello.
Al
Oeste, Gamdhir era una inmensa extensión arbórea que casi parecía una
articulación del Valle Recortado, pero su exótica vegetación y fauna marcaba la
diferencia.
Y
casi olvidado, al Norte, rugía el volcán Túger en la isla de Rhiëg-Dur.
Olvidado, digo, porque antaño, cuando todavía a los Ancianos del Consejo de
Gamdhir no les dolía ni un músculo al parpadear, había formado parte del
territorio físico de Nirembelth. Cuentan las leyendas que fue durante una
partida de hockey entre los dioses lo que provocó el desgarro y el origen de la
isla. Y la población de Nirembelth, fuera de la raza que fuese, sentía una gran
atracción por las leyendas, lo que se traduce como que las tomaban por
historias verdaderas al cien por cien. Aun cuando ni siquiera sabían lo que era
el hockey. Sí, en Nirembelth había dioses, pero de ellos nos ocuparemos más
adelante, porque son muy reservados.
Nirembelth
en definitiva, era un reino conformado por regiones muy diferentes entre sí en
todos los sentidos. Como suele pasar con los reinos, conllevaba que tenía que
haber un rey. Igual que un día de lluvia traía de la mano calcetines empapados,
mal humor y paraguas rotos, un reinado contenía un monarca necesariamente. O, al menos, se habían encargado de que pareciera necesario. Hacía falta una
justificación, el pueblo necesitaba una razón para no levantar las hoces,
rastrillos y antorchas encendidas para expulsar a una persona que vivía a costa
de ellos sin dar nada a cambio.
El
rey era la garantía de que había paz. Todo Nirembelth había aprendido a
convivir gracias a la figura de un rey. Esta era la justificación. Se
olvidaban, por supuesto, de omitir el hecho de que en un periodo en el que el
campo, las cosechas, y las condiciones de vida en general se habían endurecido,
se minaban las intenciones bélicas. Pero evidentemente, quedaba mucho más
romántico afirmar que era gracias a la presencia de la monarquía.
Y
así, sin que nadie se cuestionara nada, el linaje de los Norbons se había
anclado en el trono. Pero los Ancianos de Gamdhir, cada vez sentían más el
impulso de conocer los movimientos de
la Casa Real, y ahí es cuando entraba Vay en escena.
Bueno,
en realidad hace ya un rato que ha aparecido, pero ustedes ya me entienden.
Vio
como caía de espaldas desde la grupa del elefante, y no pudo evitar sentir
cierta pena por él. Pena, y un simulacro de dolor intenso en la espalda. ¿En
qué lío se habría metido como para verse ahora en esa situación?
Decidió
continuar refugiada en su escondite. Tenía ante sí el escenario de lo que iba a
suceder, solo tenía que ser paciente y esperar a que lo que tuviera que ocurrir,
ocurriese. Siempre lo había hecho así, y nunca le había fallado. Solía
funcionar bastante bien, además, cuando podías permanecer escondida tanto
tiempo.
El
sol iba descendiendo poco a poco. Muy, poco, a poco. Y entonces Vay entendió
que aquello iría para largo.
Cambió
de postura.