Atrás
quedaban los rosados pastos de la región de Nim. Iba montado a horcajadas sobre
alguna especie de criatura gigante de color grisácea que no alcanzaba a
identificar. A sendos lados de su cabeza tenía dos pliegues enormes, que Rumiel
intuyó que servirían para emprender el vuelo. Un poco más adelante, a unos
metros, se veía aquella extremidad sujetando todavía la gran maza con la que
había derruido lo que quedaba de su casa.
Rumiel
suspiró… O hizo el intento, ya que su estómago estaba aprisionado contra el
cuerpo del animal. Lo que pasa es que si no suspiraba, la frase que cruzó su
mente a continuación perdía cierto encanto: ‹‹Te echaré de menos, tú,
territorio que has sido expuesto a todas mis ocurrencias. No te queda mal el
rosa, la verdad››. En realidad no. A quién pretendía engañar, no lo iba a echar
de menos. Quién en su sano juicio iba a echar de menos un lugar en el que el
concepto “experimentar” se reducía dolorosamente a probar si eran capaces de
derribar una pila de botellines de cerveza a escupitajos.
No,
no lo iba a echar de menos. Lo que sucedía, y empezaba a temer el hecho de
tener razón[1], es que probablemente, en
cuanto cruzaran la frontera pasaría mucho tiempo antes de poder volver. Era ese
tipo de cosas de las que uno está completamente seguro.
Se
consoló pensando que, al menos, la noche anterior se acordó de cambiarse de
ropa interior.
El
jinete que iba sujetándole, levantó entonces el brazo en señal de alto y la
comitiva paró en seco. Debía de tener un cargo muy importante, pensó Rumiel,
porque de lo contrario todo el mundo le habría gritado si estaba esperando a que
le cayera un anillo de fru del cielo.
Ah,
los fru. Esos pajarracos inconscientes que se comen la paja de tu tejado en
pleno invierno justo el día antes de que caiga el gran diluvio del año. Aunque
eran considerados las aves más hermosas de todo el reino de Nirembelth,
originarios de la misma región de Nim, Rumiel no tenía un bonito recuerdo de
ellos. Además, ¿hermosos por qué? ¿Por su melódico canto, plumaje de colores
armoniosos y cuerpo esbelto? ¿A quién le importan esas chorradas cuando tienes
que estar arreglando tu tejado una y otra vez con la ropa calada hasta los
huesos? Nadie en el pueblo entendió nunca su afán por esperarlos en lo alto del
tejado con una rama gruesa. Es más, eso le costó más de una persecución
campesina con sus hoces, antorchas y rastrillos, y demás parafernalia. Esas sí
que eran unas noches completas, sí, recordaba Rumiel.
Sin
embargo, aquellas riñas por parte de los campesinos estaban más que
justificadas. Los fru eran bastante codiciados por las damas de la ciudad
capital de Leth por culpa de esas arandelas que llevaban en sus patas. Los fru,
en una de sus muchas trayectorias migratorias, mojaban aquellos anillos en las
altas montañas del norte, donde se formaban cráteres con charcas de piedras
preciosas que se habían derretido debido a las elevadísimas temperaturas y que
quedaban a la intemperie. Existía la teoría de que aquello formaba parte de su
ritual de apareamiento. ‹‹Eso es trampa. ¿Dónde quedó el tedioso ejercicio del
romanticismo? Así cualquiera se las gana…›› mascullaba Rumiel y otros muchos…
en fin, como él.
Por
este motivo, cada pájaro tenía anillas recubiertas de zafiro, rubí, esmeralda…
Y por este motivo, los comerciantes se afanaban por capturarlos y hacerse con
ellas.
Lo
que no entendían los campesinos de Nim,
aunque Rumiel lo entendía perfectamente, no iba a ser él menos que nadie, era
aquella necesidad de matar a las criaturas. Ni siquiera servían para comer
porque sus cuerpos apenas tenían grasa debido a que eran pura fibra.
Eran
ese tipo de absurdeces que en ocasiones los habitantes de Leth llevaban a cabo.
Absurdeces que eran a la par que incomprensibles para unas mentes como las de
Nim. Unas mentes que, debido a su condición de región campesina, no podían
entender definiciones como las de mercado y economía, o competencia, o exclusividad
de demanda… Claro que no. Por supuesto Rumiel todo esto lo entendía
perfectamente, pero siempre había preferido no inmiscuirse en estas cuestiones.
-
Hagamos un descanso, ya está bien por hoy – Dijo entonces la ácida voz del
soldado.
Con
un fuerte movimiento de brazo, tiró a Rumiel de la montura ante sus ojos
abiertos de par en par al comprender lo que iba a pasar a continuación. Con su
mirada atónita trataba de decirle, de la mejor manera que se le ocurría,
mientras caía: “¡Serás hijode…!”.
[1]
No
temía al hecho en sí de tener razón. A eso ya estaba acostumbrado porque él siempre tenía razón. Algunas veces más,
y la mayoría de las veces menos, pero oye, nadie había ido a su casa a
retirársela…. Hasta ese día, todo hay que decirlo.