miércoles, 26 de septiembre de 2012

Tal y como Kant I

Incansable, vuelve a sonar el despertador. Ni un minuto arriba, ni, por desgracia, ni un minuto abajo. El puñetero es preciso como si sus padres hubieran sido nucleares.

Un poco más cansada, una mano vuelve como cada mañana a tantear por la mesita de noche, esquivando diversos objetos (pintalabios, lamparita, libros...) para no formar el estropicio a primera hora. Aun hay demasiado día por delante y lo más seguro es que se presenten más y mejores oportunidades para meter la pata, solo hay que ser paciente y esperar el momento exacto, ese en el que te rodee la mayor gente posible y no distingas un lugar para esconderte.

El pie, por su lado, se resigna. Está demasiado calentito entre las sábanas como para querer salir, pero el cerebro es casi como un dictador en su máximo esplendor: levanta, leñe. Y al final, hay que ceder, porque en el fondo sabe que si no obedeces, las consecuencias van a ser peores.

Como si fueras el mejor imitador de cualquier zombie de relleno de cualquier película de, por ejemplo, George A. Romero, llegas un día más al cuarto de baño. Y un día más te preguntas por qué tu pelo tiene esa manía de querer impresionarte con peinados cada vez más extravagantes. Nadie lo entiende, y quizás por eso tu peluquero no tiene compasión con él y corta más de la cuenta. Quizás esto explicaría por qué los peluqueros, la mayoría, parece que no escuchan a su cliente. En el fondo, es probable que el peluquero lo único que quiera sea ahorrarte más sustos mañaneros.

Después de arreglarte (o eso que consideras estar arreglado a esas horas) frente a un espejo que habría deseado estar roto, vuelves a la habitación y abres el armario. Entonces, sucede algo que para ti es normal, pero que para cualquier otra persona es una proeza: combinar así esos colores... y esa ropa. Si fueras a una fiesta de disfraces de imitadores de Elton John. Hay gente muy rara en el mundo, no pongáis esa cara. Y no, nunca he ido a fiestas así. Yo soy más de Lady Gaga.


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