domingo, 30 de diciembre de 2012

Capítulo I


Notó algo frío en la palma de su mano. Bueno, no era exactamente frío, pero teniendo en cuenta la temperatura ambiente en la que se encontraba, podríamos decir que producía una sensación agradable al contacto con la piel. Estaba acostumbrado a los días de calor, a que las piedras se derritieran por no ser capaces de pedir un cubo de agua fría, a que el camino serpenteara titilando bajo los descorazonados rayos de sol, a que… a que los pensamientos se evaporaran como el agua. Sí, a todo eso debías estar acostumbrado cuando te tocaba trabajar tantas horas bajo el sol.

¿Trabajar?

-Grrmf…

Con lentitud, el párpado se fue despegando de su colchón y la primera imagen que tuvo delante de sus narices fue el mismo trozo de tierra que había visto antes de que se cerraran sus ojos. Pero le llamó la atención descubrir que seguía estando a la misma altura. Recobrando un poco la conciencia, sintió que el brazo lo tenía bastante entumecido, y entonces comprobó que se había quedado dormido sobre el rastrillo.
Su primera reacción recién despierto, fue levantar rápido la cabeza, limpiarse el hilo de baba que se había derramado desde la comisura de su boca y observar a su alrededor esperando que el capataz estuviera a una distancia prudente.

Es decir, que no estuviera.

-Parece que me he librado una vez más – Se dijo a sí mismo, sin poder evitar que la sonrisa apareciera en su rostro.

Se echó el rastrillo al hombro, recogió su bolsa y empezó a andar.
···
Cuando llegó a casa el reloj acababa de marcar las doce de la noche y la tormenta rugió a sus espaldas. Cerró la puerta tras de sí, con un portazo. Estaba cansado, y eso le ponía de muy mal humor. Echó un rápido vistazo a la estancia, por calificarlo de alguna manera. Y  no encontró una mísera botella de cerveza en ese radio de búsqueda. Gruñó. Estaba aún más enojado.

Con paso lento y pesado, dejó la espada y el casco que le identificaban con el cargo de guardia del pueblo sobre la mesa. A algún gracioso se le había ocurrido la idea de que dos casas juntas y un corral se merecía la denominación de pueblo. Y a alguien aún más gracioso, y no sin cierta inclinación hacia las bromas pesadas, se le había ocurrido que él fuera el guardia de… aquello. No podía quejarse, sin embargo. Allí nunca pasaba nada. En otras palabras, le pagaban por vigilar a la nada. No es que fuera un trabajo difícil, claro está. A pesar de no tener apenas formación, era consciente de que tenía la capacidad para ejercer el cargo. El problema surgía cuando veía que tenía que cumplir con el llamado horario laboral. Si le preguntaban cuál era su opinión sobre aquel dichoso horario laboral, diría sin dudar un ápice que es “un arma de esos tiempos modernos que corren que usan los cerdos de los nobles para matar lentamente a las personas”. Lo que no conseguía entender era por qué alguien iba a querer deshacerse de él.

Se encogió de hombros. Y entonces vio el botellín.

Usando el borde de la mesa como abridor, se sentó a degustar aquel líquido. Digno de los dioses. No de dioses demasiado importantes, pero dioses al fin y al cabo. Contempló el crepitar del fuego, intentando hacer caso omiso a la soledad, que se acomodaba a su lado en el ancho sillón.

- Hace frio esta noche, ¿eh jefe?
- Oh, cállate. Te dije que a final de semana no tengo humor para tus tonterías.
- Yo solo venía a hacerte un poco de compañía…
- ¿No tienes a nadie más a quien molestar?
- ¿Ves? Precisamente por respuestas como esas me veo obligado a tener que venir a visitarte.
- Eres libre de irte, ahí tienes la puerta. Tendrás que empujar un poco para que se abra porque en invierno el cerrojo se congela.
- ¿Sabes? A mí me gusta esto tan poco como a ti, Capitán. Y no me pienso ir porque tengo el deber de…
- Mira, vivo solo. Siempre he vivido solo. Cuando nací mi madre empleaba su tiempo en pensar la manera de darme el pecho sin tener que acercarse demasiado a mí. Y mi padre me enseñó a usar la espada sin estar conmigo. Así que no me vengas a estas alturas con tus payasadas de tener que hacerme compañía porque…
- Desde luego, desde que Myriam se fue tu humor ha ido de mal en peor.
- ¿En serio vas a sacar el tema de Myriam ahora?
- No soy yo. Eres tú el que está pensando en ella. Yo solamente soy uno de tus muchos alter egos. Me dedico a externalizar tus pensamientos. Con suerte, no todos.

Suspiró.

- Sí, yo tampoco entiendo qué había de interés en las montañas para que tuviera que irse.
- En serio, hazme el favor.
- Está bien, está bien. ¿Queda más cerveza?

Esbozó una media sonrisa, cansada, y ni siquiera se puede afirmar que fuera una sonrisa. Más  bien una mueca.

- Ahora sí se nota que eres uno de mis yo.

1 comentario: