Relato de un mago
Rumiel Fiztharbert, componente del grupo
de los héroes de Vinegs, habla por primera vez en exclusiva para El Correo de Nim
Por Theo Howden
750 del año de Meriele
Nim
El mago se sienta a
hablar, mirándome con la expresión de quien está acostumbrado a que se le
escuche.
No era para menos[1]:
en su juventud había vivido incontables aventuras que cualquier niño de aldea
estaría deseando escuchar, y ya sabéis que esos diablillos tienen por costumbre
contarles a sus padres que han hablado con un extraño, y más en los tiempos que
corren. Es así como el boca a boca hizo que todo el mundo supiera quién era él,
quién se escondía detrás de esa máscara de arrugas y expresión desdeñosa[2].
Es así como me enteré de que él había formado parte del grupo, aquellos que se atrevieron a
salir de la región de Gamdhir, la confortable, conocida y humana Gamdhir, para llegar a
Rhiëg-Dur, en las profundidades del mundo, abandonada por los enanos,
supuestamente, hacía siglos. Aquellos que se sumergieron en el mar de Fâlor,
donde cuentan que recuperaron la voz de las sirenas para que les ayudaran a
alcanzar las islas malditas de Vinegs, el lugar de la última batalla. Un sitio
al que nadie en todo Nirembelth osaría acercarse a no ser que se le hubiera
perdido algo importante, y si las leyendas son ciertas, estos no solo
encontraron lo perdido, sino que además, se dice que el enano aprovechó para
hacerles un gesto obsceno a los dioses. Entre otras cosas.
Y yo estoy aquí para eso,
para descubrir que todo fue verdad, que no es una invención de un viejo mago loco.
Un carraspeo me saca de
mi ensimismamiento. Aquella era la primera entrevista que iba a hacer para
reconstruir lo que sin duda sería uno de los capítulos más importantes de la
historia de Nirembelth. O eso, al menos, esperaba yo. El mundo merecía conocer
qué fue lo que sucedió en realidad, merece saber por qué sigue en pie, y yo
también necesitaba un descanso de malvivir en posadas que olían a…
Un nuevo carraspeo.
- Bueno, ¿empezamos o
no? – La voz del mago suena carcomida por la magia que corre por sus venas, y
no solo es una forma épica de decir que estaba empezando a impacientarse.
- Sí, claro, señor
Fitherbert. Si prefiere, me gustaría que empezara por…. – Cojo la pluma y la
entinto, presto a anotar cada palabra que saliera de aquella boca anciana.
- Gracias, gracias, joven,
pero sé perfectamente por dónde tengo que empezar. – Responde, secamente,
reacomodándose en su viejo sillón y colocando las manos en los posabrazos. Con
los ojos levemente cerrados, empieza a hablar con su voz desvencijada. Casi me
dan ganas de echarle desengrasante:
- Como imagino que
sabrás, porque de alguna manera habrás llegado a mi propia casa, mi vida como
mago es ya de por sí una caja de sorpresas. Hay una aventura esperándote en
cada rincón de la casa (no me voy a entretener explicándote por qué, y si
quieres saberlo, lee alguno de mis libros). Pero lo cierto es que mi aventura
comenzó en el sitio y en el momento en el que menos me lo esperaba, una cálida
noche de verano, hace ya muchos años, mientras estaba sentado en una de las
tantas posadas que puedes encontrar aquí, en Nim…
Empiezo a escribir.
***
Corría el año 675 de Meriele. La vida se había tornado dura desde que comenzó
la Gran Decaída. Los más ancianos hablaban de una sombra que se estaba
cerniendo sobre todas las razas de Nirembelth[3]. Sin embargo, lo cierto
era que el ambiente cada vez era más sombrío, enfatizado por el malestar social
que se acrecentaba en las calles.
En Gamdhir, la región de los humanos, la situación estaba siendo
especialmente cruenta. Estaban siendo azotados por hambrunas y miserias que
habían provocado que sus vidas, tranquilas y seguras antaño, se tornaran duras.
Los caminos se habían vuelto peligrosos: se asesinaba a
sangre fría[4] por
un mendrugo de pan duro, o simplemente para robar la capa de abrigo o lo que
fuera. Daba igual. Cualquier cosa que se pudiera vender o usar para sobrevivir
era bien recibida. Las vidas tenían un precio y, por desgracia, era más bajo
que el de las pertenencias. La solución más viable para todos esos problemas se
les escabullía como un pez cuando le va a dar caza un oso torpe. Los humanos no
eran grandes artesanos como los shaylees de las tierras de Fâlor, la ciudad
sumergida, por lo que no podían ofrecer nada especial al resto de Nirembelth;
tampoco eran capaces ya de vivir en la naturaleza al más puro estilo ellet porque
se habían acostumbrado a la comodidad de las ciudades y las casas; y, por
descontado, vivir en un clima tan nefasto como al que se tenían que enfrentar
los rothkars en la isla volcánica del norte, estaba fuera de toda posibilidad.
Además, las clases más pudientes no se dignaban a poner en manos del reino de
Gamdhir sus fortunas para que la economía tuviera alguna oportunidad de
reactivarse.
- Y no les daba asco
verse reflejados en las copas de oro de sus palacios de mierda. Ponlo, ponlo
así en el texto, joven. Pon que esos hijos de puta no pusieron a disposición
sus riquezas, y que les importaba un carajo que la gente muriera a sus pies de
hambre en las calles de Nim.
Protección de los intereses privados lo llamaban.
- ¿Cómo fue usted capaz
de sobrevivir?
- Eso, joven, solo lo
saben los dioses. Sin embargo…
Sin embargo, el Pony Risueño seguía en pie, siempre dispuesto a ofrecer un
hueco para aquellos que quisieran remojar las gargantas en cerveza y olvidarse
de la realidad por un momento, a base de chistes y bromas. A Rumiel le pareció
la imagen más escalofriante que había visto en su vida. Hombres fornidos
bebiendo alcohol. Se encogió como si tuviera ganas de echar a correr, pero el
agotamiento que se reflejaba en su rostro fue el empujón que necesitó para
seguir andando hacia la taberna. Después de la reunión con el gobernador, tras
haber intentado hacerle entender en qué consistía la magia y que no pasaba nada
porque un par de campesinos tuvieran ovejas de colores y vacas que maullaran, era
lógico que se sintiera desfallecer. “No entienden de hacer negocios”, fue la
frase que catapultó a Rumiel fuera de la Sala de Vistas con una patada en…
- Recuerdo ese día como
si fuera ayer, ¿sabes? Por más años que pasen, jamás olvidaré a ese granjero
Wellhem tratando de enseñarle a su vaca a volver a mugir.
La risa del viejo mago
sale a borbotones, provocándole un ataque de tos. Le acerco un pañuelo. Él lo
rechaza, pero con educación. No está acostumbrado a que la gente sea amable con
él, pero sabe cuándo y con quién tiene que comportarse como un cretino. Eso es
lo que le ha enseñado la vida, a cambio.
- ¿Puede usted
continuar?
- Sí, sí…. Por supuesto.
Ahora llega mi parte favorita…
Rumiel tragó saliva, intentando olvidar el pésimo día que llevaba. Abrió la
puerta de la taberna, embadurnándose con la música y las risas que volaban en
el ambiente… Pero trató de pasar lo más inadvertido posible en aquel antro. Ese
día, hasta un hombre como él necesitaba un vaso lleno del líquido que fuera,
pero no por ello se iba a arriesgar a que lo reconocieran. Lo que solía suceder
con los magos en las tabernas en aquellos tiempos es que acababan
convirtiéndose en una especie de divertimento involuntario[5] para el disfrute del resto
de los presentes. Por un momento se imaginó subido en alguna de esas mugrientas
mesas mientras le salpicaban la túnica con la bebida y le exigían a gritos que
volviera a hacer levitar al cocinero gordo. Y lo peor vendría cuando
comprendieran que no tenía magia suficiente para hacerlo dos veces seguidas.
Por suerte, y echando cuenta del nivel intelectual de aquel sitio, le daría
tiempo de sobra a salir corriendo.
Echó una nueva ojeada a la taberna, y sus ojos se tropezaron con un rincón
alejado de la multitud y del ruido. Deslizándose entre los cuerpos enormes,
impregnados con el fuerte olor de la cerveza y el sudor, llegó hasta la silla
que se convertiría en su refugio durante las próximas dos horas.
- ¿Qué quieres tomar, ricura? – La voz de la tabernera le sobresaltó. Le
pasaba a menudo con las personas del sexo contrario.
- Eh… Oh… Cerveza. Sí. Eso. Cerveza.
Odiaba la cerveza.
Mientras esperaba que le trajeran la bebida, y él se esforzaba por
mimetizarse con el fondo, recordó su primer día de clase. En concreto, la
asignatura que impartía el famoso archimago Callower Mugh, profesor de…
- Ese idiota de Callower Mugh, mi
profesor de Educación de la Física de los Hechizos. Siempre se empeñaba en que
asistiéramos a sus clases en chándal, ya me dirás tú por qué.
- No lo sé, señor
Fiztherbert.
- Claro que no lo sabes,
qué sabrás tú de magia. Era una pregunta retórica. ¿No te enseñan eso en el
sitio ese en el que estudias? Pues deberían, díselo de mi parte a tus estúpidos
profesores.
- Lo haré, señor
Fiztherbert.
- Bien. Como te decía, ese
maldito incompetente de Callower Mugh nos explicó cómo se nos iba a valorar
nuestro aprendizaje desde el primer día de clase. Como si él tuviera idea de
magia, el muy hijo de….
El maestro de Educación de la Física de los Hechizos, el afamado y siempre
querido por la comunidad mágica, Callower Mugh, les habló a sus alumnos acerca
de las pulseras mágicas. Dichas pulseras se entregaban una vez que los
profesores consideraban que el alumno había cumplido con ciertas expectativas.
La Torre de Magos de Nirembelth[6], situada en el bosque
mágico de Litharac, enviaba las pulseras que la Universidad les solicitaba, y
el profesorado se encargaba de entregarlas a los alumnos. Una vez los alumnos
terminaban los estudios básicos, y se dedicaban a profundizar en los
conocimientos por su cuenta, la Torre de Magos les hacía llegar sus pulseras
estuvieran donde estuvieran. Nadie se explicaba cómo sabían cuándo a un mago le
había llegado el momento de lucir otra pulsera, pero se decía que, desde la
Torre, eran lo suficientemente sensibles a los niveles mágicos de Nirembelth
como para adivinar en qué punto se había producido un avance mágico.
Al parecer, Rumiel no cumplía ni con las expectativas ni con los horarios
de clase, y las dos pulseras que decoraban su brazo izquierdo lo confirmaban.
No es que no le gustara la magia, al contrario. Simplemente, bueno, consideraba
esa forma de reconocimiento una manera de discriminación contra aquellos que no
tenían los recursos suficientes para poder prepararse bien los exámenes.
- También es que odiaba
madrugar. ¿A qué joven le gusta despertarse antes de las tres de la tarde? A
ninguno, y mucho menos para escuchar lo que tengan que decirle cuatro viejos
carcas.
Aún con esas, los profesores lo miraban sin comprenderle. Tampoco es que
fuera fácil de mirar, pero ese es otro tema.
- Nunca tuve mucho éxito
con las chicas, ¿sabes? – Hace una pausa, me mira - ¿A qué viene esa
sonrisilla?
- Oh, nada. Disculpe,
pero tenía entendido que usted y…
- ¿Quién está contando
la historia de mi vida? ¿Tú o yo?
- Bueno, señor
Fiztherbert, técnicamente los dos.
- Pues entonces camina a
mi ritmo, joven. Yo ya soy viejo para adelantarme a los acontecimientos.
El caso es que todo el ámbito académico estaba de acuerdo en que en el
interior de Rumiel se escondía un gran poder que todavía no había despertado.
Algo que se activaría llegado el momento oportuno. Ante esto, Rumiel solo podía
pensar que su magia se había echado una siesta de mil años.
Le quedaba poco más de un año para terminar sus clases en la Universidad, y
había estado dándole vueltas a la idea de lanzarse a la aventura en busca de
formación extracurricular ya que, probablemente, por el camino se vería
obligado a mejorar sus poderes. Los pocos que tenía. Sin embargo, la idea de él
mismo y la palabra “aventura” en la misma frase se le antojaba físicamente
dolorosa. Quizás sí…
- Ahora viene lo
divertido.
- Eh, mira Hert.
Una voz gutural que no se parecía a la de la tabernera[7] le sacó de su torbellino
personal de pensamientos. Se giró para encontrarse con la mirada ebria de dos
armarios empotrados, el uno junto al otro.
- ¿Es un mago, Burt?
- Me parece que sí. Viste de esa forma rara que solo les gusta a ellos.
- En ese caso ya tenemos quien nos anime la velada, jejeje.
Rumiel se maldijo a sí mismo. Si no era capaz de sobrevivir ni a la mirada
imbécil de aquellos dos, ¿qué futuro tenía como aventurero? Tosió y optó por la
vía diplomática:
- Les ruego que me dejen en paz si son tan amables, caballeros.
‹‹¿Caballeros? ¿Es que quiero que me arranquen la cabeza?››
- ¿Oyes eso, Burt? Este malnacido dice que quiere que le dejemos tranquilo.
Se acercaron más a él, proyectando una gigantesca sombra sobre la mesa y el
mismo Rumiel. Las gotitas de sudor le perlaban la frente y el rostro… Bueno,
cabría investigar si realmente eran gotitas de sudor o baba de Burt.
- Vamos, mago, solo queremos divertirnos un rato. – Continuó diciendo Hert
mientras se chascaba los nudillos.
No supo nunca si fue efecto de la cerveza, pero algo hizo clic en su
cabeza. Se levantó con toda la grandiosidad que su maltrecha y delgada figura
le permitió, y tratando de hablar con voz imperante, dijo:
- ¡No hagas que
despierte al poder que yace en mis entrañas o acabaras convertido en polvo de
hueso!
- ¿Esa era su frase más
amenazante?
- Te aseguro que alcancé
a ver un destello de terror en sus ojos. Aunque ya por aquel entonces empecé a
tener problemas de miopía…
Tras exclamar aquella frase que debía de ser triunfal, Rumiel cruzó los
brazos en torno a su pecho, para crear así el efecto óptico de unos pectorales
inexistentes.
Hert, que parecía el menos imbécil de los dos en la escala de los matones
de taberna[8], le agarró por el cuello
de la túnica y acerco su rostro al de Rumiel, que interiormente estaba al borde
del llanto[9]:
- Como en medio segundo no te vea haciendo levitar algo, te…
- ¿Le “qué”?
Fue entonces cuando Rumiel se dio cuenta de que toda la taberna estaba
pendiente de ellos y, alzando la cabeza para mirar por el fornido hombro de Hert,
alcanzó a ver a una persona.
- Bueno, realmente intuí que había una persona. Las espadas
desenvainadas tienen la costumbre, por desgracia, de llevar consigo a una
persona pegada en el culo. Por lo que deduje que algún capullo se había metido
en la discusión.
- Pero usted necesitaba
ayuda, ¿no?
- Qué va, lo tenía todo
controlado…
Hert soltó a Rumiel, y el mago cayó estrepitosamente en la silla,
golpeándose contra la pared que había justo detrás. Hert se giró, pero a Rumiel
le dio tiempo de ver una sonrisa burlona pintada en su asquerosa boca. Se
estremeció.
- ¿Temió por su vida?
- Casi me cagué en los
pantalones, chico.
- Vaya, Garet. ¿Hoy las cervezas no han sido suficientes para mantener tu
culo pegado al asiento?
La música había cesado. Las risas aguardaban en las gargantas preguntándose
qué sucedía. La tabernera parecía rogar con la mirada “por favor, que esta vez
no haya demasiada sangre”. Burt también se había girado, y tenía una de sus
grandes manos posada sobre su maza.
- Veo que podemos decir lo mismo de ti. – Contestó el tal Garet.
- Vaya, vaya. También estamos graciosos, al parecer. Está bien, Garet,
preferiría al mago, pero puedo conformarme contigo.
- Maldito Garet. Tenía
el ceño fruncido, el rostro serio como el de una suegra. Demonios, diría que el
día que esbozó una sonrisa le crujieron todos los músculos de la cara.
- ¿Tu amigo opina lo mismo? – Siguió preguntando Garet, al tiempo que Burt
descolgaba la pesada maza de su cinturón – A eso le llamo yo responder con
elocuencia.
Rumiel observó cómo los dos muebles se aproximaban al tal Garet. Un círculo
se había formado en torno a ellos, reduciendo aún más el espacio para poder
luchar con soltura. No parecía que Garet tuviera muchos amigos en la taberna,
ya que nadie desenvainó espada o blandió arma alguna para ponerse de su parte.
Rumiel se puso de pie en la silla para tratar de divisar mejor la escena,
cuando un chasquido parecido al de un latigazo lo sobresaltó. Acto seguido, una
de las grandes lámparas que colgaban del techo de la taberna aprisionaba el
robusto cuerpo de Burt. Cuando Hert giró la cabeza para mirar a su colega, el
taburete que le golpeó la cabeza no le dejó comprender qué estaba pasando.
Igual que Garet no daba muestras de tener muchos aliados entre el gentío,
parecía ser que Burt y Hert tampoco. Todo sucedió muy deprisa. Rumiel se
vio a sí mismo siendo arrollado por una marea que los empujaba a salir de la
taberna.
- Las peleas no eran
bienvenidas en el Pony Risueño, ¿sabes? Sus clientes dejaban las espadas a un
lado, y así tener las manos libres para sujetar más jarras.
El mago notó que alguien le agarraba de la manga de la túnica y tiraba con
fuerza de él. Sin saber cómo, Garet y Rumiel consiguieron escabullirse entre la
masa de gente y salir corriendo sigilosamente hasta un bosquecillo que se
levantaba detrás de la taberna.
El mago pudo ver, a través de los rayos de luna que se filtraban entre las
ramas de los árboles, la musculosa figura de Garet enfundando la espada en una
vaina que llevaba a la espalda.
- Tenía mi edad, ¿sabes?
Pero aun así, parecía que le habían hecho crecer a golpes.
- Eh, oye, gracias por lo de antes. La verdad es que tenía la situación
controlada, pero…
Garet respondió con un gruñido, haciéndole señas para que se callara.
Parecía estar atento a algo de entre la maleza, a algo que el mago no conseguía
distinguir.
- ¿Qué ocur…?
Lo último que vio antes de caer en redondo con un profundo dolor en la
parte de detrás de la cabeza, fue que Garet también hacía lo propio.
‹‹Fantástico››
- Así fue como conocí a
Garet.
Diviso lo que parece ser
una arruga con forma de sonrisa en los labios del viejo mago. Me doy cuenta de
que hacía mucho rato que había dejado de escribir, y que la tinta de mi pluma
se había secado. Es imposible no dejarte llevar por su historia, pero yo tengo
un trabajo que hacer.
Y el viejo mago tiene
ganas de seguir hablando:
- El carromato orco no
es precisamente el medio de transporte más cómodo de Nirembelth, pero es
absolutamente eficaz para despertarte de un buen golpe en la cabeza…
En uno de los múltiples
baches sobre el que las desvencijadas ruedas pasaron, Rumiel abrió los ojos.
Con sorpresa, miró a su alrededor y, entre la tenue luz que se colaba a través
de la desgarrada lona, el mago distinguió la figura de Garet, tumbada cuan
larga era a unos metros de él. Al principio, no pudo evitar preguntarse quién
era ese tipo, pero el fuerte golpe que palpitaba en sus sienes le hizo recordar
el momento de la taberna. Se suponía que aquel tipo le había salvado la vida,
mas ahí estaban: maniatados en un carromato cuyos dueños, a todas luces, los
venderían como esclavos en el mejor de los casos.
‹‹Maravilloso, espléndido››, pensó con ironía.
- Te juro que si no hubiera estado inmovilizado, me habría cargado a ese
hijo de puta con mis propias manos.
- ¿Eso fue lo que pensó realmente?
- Sí, no hace falta que te andes con florituras.
Rumiel, preocupado en un
primer momento por el estado de salud de su compañero, pronto descubrió otro
motivo por el que angustiarse: ni siquiera tenía las manos libres para ejecutar
hechizo alguno. No es que hubiera servido de gran cosa, pero al menos podría
tener la oportunidad de defenderse llegado el caso. Empezó a sentir cómo las
ligaduras de las muñecas le apretaban cada vez más.
Unos sonidos guturales
provenientes del exterior, hicieron que girara la cabeza, como si fuera un
resorte, hacia el lugar del que provenía aquel ruido.
- Descubrí que no era un ruido: es que los orcos hablan así.
A pesar de no haber
aprobado las asignaturas idiomáticas de la Universidad, Rumiel cerró los ojos y
dejó que el orkh[10]
se filtrara por sus oídos. Trató de traducirlo:
- … no has fregado los
platos esta semana y estoy harta de hacerlo yo. Odio que se me cuelen los
restos de carne bajo las uñas.
- Jo, tía, es que es un
asco, ¿eh?
- También descubrí otras dos cosas en ese momento: una, lo pésimamente mal
que se me dan los idiomas, y dos, que soy un experto inventándomelos.
Rumiel abrió los ojos y
suspiró. En vista de que no había mucho más que hacer, y que incluso Garet
estaba profiriendo algún que otro ronquido, decidió que lo mejor sería
aprovechar ese momento y descansar. No tardó en caer dormido también.
-¿Y pudo dormir aun sabiendo que iba montado en un carromato de orcos?
- De nada me servía estar lamentándome por mi suerte. Por lo menos
descansado tendría más posibilidades de huir o plantarles cara. Más de lo
primero que de lo segundo…
Un golpe suave en la
pierna hizo que volviera a la realidad. Empezó a entreabrir los ojos, molesto
por aquella forma desagradable de despertar.
- No sabes lo que me costó no gritar como una niña cuando vi que tenía una
cabeza apoyada en mi muslo.
-¿U-una cabeza?
Rumiel quiso moverse
hacia atrás en un intento desesperado por huir de allí y de aquella cabeza. La
luz del amanecer empezaba a colarse por la lona, por lo que el mago pudo
distinguir una mata de pelo que ocultaba el rostro. Buscó, alarmado, algún
signo de vida en aquel cuerpo que yacía sobre su pierna, inmovilizándolo y
dejándolo aún más entumecido. Respiraba, aquel cuerpo respiraba. Iba enfundado
en lo que parecía ser una capa hecha jirones, pero el movimiento regular propio
de los seres que viven era inconfundible.
- Casi me desmayo de alivio.
Pero el momento de tranquilidad
no duró mucho, ya que, de nuevo, las voces guturales se elevaron en el aire.
Rumiel echó una mirada enfurecida al cuerpo de Garet, que seguía tendido en el
suelo, como si el golpe de sus pupilas sirviera para despertarlo.
-El condenado seguía ahí tirado, ni un maldito dragón rugiendo en su oreja
le habría espabilado. Y para colmo, ahí estaba yo: un pobre mago con… con…
- Cielos, es una chica.
La cabeza se había
girado, haciendo que parte de la melena descubriera su rostro. Rumiel la
escuchó murmurar algo, por lo que supuso que estaría soñando. Probó a mover un
poco la pierna, para así tratar de despertarla a base de zarandeos: surtió
efecto.
- ¿Q-q-qué…?
La chica había abierto
sus grandes ojos. Y le miraba. Fijamente.
- Fue realmente digno de admirar: era la primera mujer que me veía al
despertar y no profería un grito.
- ¿Quién eres tú? –
Preguntó de forma altanera. La misma que empleaban los nobles y la aristocracia
para dirigirse al resto de seres mortales del Multiverso.
- ¿No te parece un mal
momento para formalidades?
Ella se intentó
incorporar, puesto que su cabeza seguía apoyada en la pierna del mago, con la
intención de quien quiere ponerse de pie para sermonear a alguien. Pero no
pudo. Estaba atada de pies y manos.
- ¿No crees que lo más
educado sería explicarme cómo has acabado en mi pierna? – Continuó preguntando
el mago, molesto.
- Lo sé. Sé que aquel momento no era el indicado para flirtear, pero cielo
santo, si la hubieras visto… Despeinada y con cara de querer asesinarte
arrancándote la piel a tiras. Era encantadora. Por supuesto, yo era demasiado
idiota, demasiado joven y orgulloso para entenderlo, pero su nombre…
- Me llamo Alynne, soy de
la orden de sacerdotisas de la diosa Eolande, y he venido a…
- … Alynne, se convertiría en las palabras mágicas más poderosas que jamás
he escuchado. Maldita sea, quita esa sonrisa estúpida de tu cara otra vez.
- Claro, señor Fiztharbert. Claro.
- Da igual, ahora estás
aquí, atada de pies y manos. Bienvenida al mundo real, espero que hayas tenido
un buen sueño. ¿Sabes manejar un arma? Porque nos sería de gran utilidad…
La cortinilla que hacía
de puerta se abrió de forma violenta en aquel momento. Tres figuras deformes,
de gran tamaño, estaban de pie a contra luz. Rumiel se quedó quieto, incapaz de
moverse. Alynne tampoco parecía encontrarse en una mejor situación.
Los orcos empezaron a
hablar entre sí, y al parecer debía de ser una conversación muy divertida,
porque sus hombros[11] empezaron a
convulsionarse en lo que parecía ser una risa. Acto seguido, uno de ellos entró
en la caravana. Agarró a Alynne, y tras propinarle un golpe en la cara a Rumiel[12], salieron de allí. Podía
escuchar todavía los gritos de Alynne en el exterior.
- En ese momento, si hubiera podido, habría matado a esos tres hijos de
puta también.
- ¡Maldita sea! ¿Por qué
todo el mundo no hace más que darme problemas? ¡Garet! Eh, tú, despierta,
joder.
- Brfgm.
- ¡Se han llevado a la
chica! ¿Dónde está tu espíritu heroico, pedazo de mierda?
Garet abrió los ojos,
pero tampoco pudo ponerse en pie: estaba maniatado a un poste. Rumiel, tras
exhalar un suspiro de desagrado, se dio cuenta de que él no estaba atado a ningún
tipo de palo o poste alguno, solamente tenía las manos unidas entre sí a la
espalda. Trató de ponerse en pie, con dificultad, debido a que llevaba muchas
horas en la misma postura. Apoyándose con los codos en la estructura de la
caravana, pudo ponerse en pie, aunque tambaleándose.
-¿Me has llamado pedazo
de mierda? – Le susurró Garet.
- Sí, te he llamado
pedazo de mierda. He llamado peores cosas a gente mejor que tú. ¿Vas a quedarte
ahí tumbado para siempre o me vas a decir en qué bota escondes la daga?
- P-pero… ¿Dónde
estamos?
- Oh, cierto, te pondré
al día: estamos en una caravana de orcos, para ser más concreto, de tres orcos, si no hay alguno más en el
exterior. Mientras tú ibas confortablemente dormido, una chica apareció en mi
muslo, y antes de que tuviera ocasión de mirarle el escote, uno de esos tres
brutos se la ha llevado a rastras. ¿Es suficientemente buena la historia para
que colabores un poco o necesitas algo más? Si esperamos lo suficiente,
probablemente pueda añadirle un toque sangriento al relato.
Garet parpadeó
intentando asimilar toda la información que le había dado el mago.
- Garet y yo nos hicimos muy buenos amigos… pero he de admitir que a veces
era un poco corto de reflejos. Y no me refiero al combate.
- Muy bien, muy bien.
Mira en mi bota derecha.
- Gracias, su majestad.
En una postura
ciertamente cómica, Rumiel se agachó de espaldas a Garet para tratar de coger
el pequeño filo que le liberaría de su inútil situación. Tras unos minutos que
se le hicieron eternos en los que, de fondo, seguía escuchando los gritos de
Alynne, consiguió hacerse con la daga.
- ¿Me haces el favor? –
Preguntó, tendiéndole a Garet el arma para que la sujetara con la boca.
- ¿Y cómo dices que
conseguiste que esa chica acabara en tu musarhkehbla...?
Rumiel introdujo la daga
en la boca de Garet y, con no poco esfuerzo, consiguió deshacerse de sus
ligaduras. Después, hizo lo propio con su acompañante.
- ¿Cómo supo que Garet tenía una daga en la bota?
- Definitivamente, no te enseñan nada en esa Universidad a la que vas, todo
el mundo sabe…
- Todo el mundo sabe que
los orcos secuestran a gente joven porque les gusta desayunar su carne. Ahora
mismo deben de estar a punto de cocinar a esa chica.
Ambos estaban tumbados
boca abajo en el interior de la caravana, observando a través de la cortinilla
cómo, a unos metros, una gran hoguera empezaba a arder. Uno de los tres orcos,
le sacaba brillo a una gran olla. El resto de la escena, quedaba oculto.
- Bien, propongo que… -
Comenzó diciendo Garet, pero algo le interrumpió.
Una flecha rasgó el
aire. Acertó en la sien del orco que limpiaba animadamente el instrumento de
cocina.
Garet y Rumiel se
miraron. Los gritos de la chica habían cesado, sustituidos por nuevos sonidos
guturales.
- Movidos más por la curiosidad que por otro sentimiento de más valía,
ambos salimos de la caravana.
Con todo el valor que
pudieron reunir, ambos se lanzaron al exterior del vehículo.
- Santo Dumgier. – Dijo
Garet para sí mismo.
Una ellet, proveniente
del bosque de Ireth, al sur de la región de los humanos, estaba recuperando sus
flechas del cadáver de uno de los tres orcos muertos. Alynne la miraba con temor.
Rumiel se fijó en que tenía la túnica rasgada y la cara llena de polvo.
- La cara llena de polvo más bonita de todo Nirembelth.
Sintió el impulso de ir
a ayudarla a ponerse en pie, pero se mantuvo en su posición, alerta.
La ellet los estaba
mirando.
- Así fue cómo conocimos a Vay: salvándonos el culo. Tengo que admitirlo,
nunca le estaré más agradecido, pero…
- Imagino que sería difícil para vosotros el hecho de admitir que una ellet
os había rescatado.
- Bueno, ya sabes… Uno no quiere formar parte de esas idioteces raciales,
pero al final la fuerza de los prejuicios es más poderosa. Si te soy sincero,
pensé que estaba quitando esas flechas para clavárnoslas a nosotros en el
corazón, pero…
Pero la joven ellet
simplemente se acercó a Alynne para tenderle la mano y ayudarla a ponerse en
pie. Ésta acepto la ayuda, aunque se quedó apartada de la ellet, tímidamente.
- Teníais problemas. Yo
solo quería ayudar. ¿Vosotros ir de aventuras? – El fuerte acento de la ellet llegó
a sus oídos como una invitación que todavía no habían aceptado.
El
viejo mago para de hablar. Imagino que no debe de ser agradable hablar de sus
compañeros a estas alturas.
-
Señor Fiztharbert, si necesita un descanso, puedo…
-
Lo necesito, joven, lo necesito. A veces, cuando recordamos ciertos momentos de
la vida, el alma requiere un respiro.
Con
un asentimiento de cabeza, y la promesa de volver al día siguiente, me levanto
y recojo mis cosas, con la intención de salir. Pero antes de cerrar la puerta,
por culpa de esta curiosidad que corre por mis venas igual que la magia por las
del viejo mago, no puedo evitar mirar de nuevo el rostro de Rumiel.
Tiene
la mirada perdida en algún punto del suelo. Una lágrima corre por su mejilla,
desapareciendo, quizás por arte de magia, en una de las arrugas de su sonrisa.
Durante la
entrevista, los lectores encontrarán ciertas notas a pie de página. El viejo
mago no quiso que la entrevista saliera publicada si no podía hacer sus propias
observaciones. Y quién le iba a decir que no.
[1]
No es para menos, no. La gente solía pensar que yo nunca llegaría a nada, que
con mi magia no podría atarme ni los cordones de las botas… Ja, me río yo ahora
de todos esos infelices.
[2]
¿Perdona?
[3]Aunque
muchas veces, tales premoniciones se les achacaba a un problema de cataratas, y
pocas veces se les tenía en cuenta.
[4]
Antes de que comenzara la crisis, los asesinos tenían el buen gusto de permitir
a sus víctimas llevar a cabo alguna que otra persecución para entrar en calor.
Pero ahora ya no había cabida para protocolos de actuación de ese calibre. No
podías arriesgarte a que tu objetivo corriera más que tú.
[5] ¡En un
mono de feria, maldita sea!
[6]
Lo de Torre era meramente por salvaguardar tradiciones denominativas. Aquello
se había convertido en una auténtica ciudad en miniatura rebosante de adolescentes
hormonados que no podían concentrarse en sus libros por más de quince minutos
sin imaginar a sus compañeras en bragas. No era raro encontrar túnicas olvidadas por un descuido en el bosque.
Por aquellos tiempos, se consideraban otras cosas mucho más sagradas que
Litharac, de donde proviene toda la magia de Nirembelth. Creo que con eso lo
explico todo.
[7] Por
suerte.
[8]
Entre los que formamos parte de ese gremio de debiluchos que nunca buscan
peleas, existen ciertos tipos de escalas que debemos de tener muy presentes: el
de los matones es uno, el de la capacidad que tiene una ventana para
convertirse en una salida de emergencia, es otro.
[9] Bueno,
bueno. Exageraciones periodísticas.
[10] Los
magos no nos caracterizamos por nuestra creatividad.
[11] O lo
que deberían de ser sus hombros… No estoy muy puesto en anatomía orca.
[12] Total y
absolutamente gratuito.
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