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| La soledad de Comala. Juan Rulfo |
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Hola, vieja amiga.
La
voz se escapa de sus labios ya de mujer, por tantas veces que han besado. Resuena
entre las piedrecitas de la llanura y las briznas de césped reseco. Es cálida,
pero no abrasadora como el sol de aquella mañana. Es firme y resuelta, pero su
timbre denota cierto aire de resignación, como el polvo enredado en las
gastadas suelas de sus zapatos. No ha logrado disimular su desaprobación con
aquella situación, pese a creerse capaz de conseguirlo.
Espera,
paciente, una respuesta. La vista clavada en algún punto del suelo, mientras su
mente se dedica a dar tumbos por pensamientos que no recordaba conservar.
Comienza a tamborilear con los dedos, sobre el madero en el que se apoya,
alguna cancioncilla tonta de su infancia. Siempre hay momentos para recordar
los buenos tiempos. O eso dicen.
Y,
de repente, del silencio brota una voz que le llega como un soplo de aire
fresco. Como un perfume que le resulta familiar. Una respuesta.
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Vaya, pensaba que no nos íbamos a encontrar más.
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Te creía más optimista. – Musita, sin levantar la vista del suelo, pero
esbozando una diminuta sonrisa.
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¡Y soy optimista! Tarde o temprano, todo el mundo acaba necesitándome. Soy la
sombra que nunca os abandona, la que camina a vuestras espaldas, el fruto de
vuestros miedos en ocasiones, la mano amiga cuando todo se derrumb…
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Vale, vale. Corta el rollo. ¿Nos tomamos un café o no?

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