sábado, 13 de junio de 2015

Un café a las tres

La soledad de Comala. Juan Rulfo  


- Hola, vieja amiga.

La voz se escapa de sus labios ya de mujer, por tantas veces que han besado. Resuena entre las piedrecitas de la llanura y las briznas de césped reseco. Es cálida, pero no abrasadora como el sol de aquella mañana. Es firme y resuelta, pero su timbre denota cierto aire de resignación, como el polvo enredado en las gastadas suelas de sus zapatos. No ha logrado disimular su desaprobación con aquella situación, pese a creerse capaz de conseguirlo.

Espera, paciente, una respuesta. La vista clavada en algún punto del suelo, mientras su mente se dedica a dar tumbos por pensamientos que no recordaba conservar. Comienza a tamborilear con los dedos, sobre el madero en el que se apoya, alguna cancioncilla tonta de su infancia. Siempre hay momentos para recordar los buenos tiempos. O eso dicen.

Y, de repente, del silencio brota una voz que le llega como un soplo de aire fresco. Como un perfume que le resulta familiar. Una respuesta.

- Vaya, pensaba que no nos íbamos a encontrar más.
- Te creía más optimista. – Musita, sin levantar la vista del suelo, pero esbozando una diminuta sonrisa.
- ¡Y soy optimista! Tarde o temprano, todo el mundo acaba necesitándome. Soy la sombra que nunca os abandona, la que camina a vuestras espaldas, el fruto de vuestros miedos en ocasiones, la mano amiga cuando todo se derrumb…

- Vale, vale. Corta el rollo. ¿Nos tomamos un café o no?

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