viernes, 18 de enero de 2013

Capítulo IV


Dejó el rastrillo apoyado en la pared y giró sobre sí mismo mientras su mirada recorría las paredes atestadas de estanterías en las que se intercalaban libros con sustancias extrañas encerradas dentro de botes, frascos… Pero lo que más le llamó la atención fueron los libros. Bueno, él ignoraba que ni siquiera esas cosas tuvieran nombre. Se preguntaba qué interés podía tener el querer conservar así el papel, doblado y apretujado. Todo el mundo sabe que si lo doblas es más difícil usarlo para liar cigarrillos. Cada vez tenía más claro que estaba en la casa de una persona muy extraña.

Su mirada continúo subiendo, aunque no mucho porque tampoco es que aquello fuera un palacio, pero de pronto sus ojos tropezaron con el final.

- Va-vaya, qué ventana más grande tienes ahí en el… - Frunció el entrecejo, invirtiendo todo su esfuerzo en tratar de expresar lo que quería decir -. En el… O-oye, ¿no tienes suelo en la parte de arriba?

Rumiel le miró, con cierta lástima. Llevaba el vaso de agua entre las manos, porque empezaba a sospechar que aquel campesino podía tratarse de algún ladrón o asesino que engatusaba a sus víctimas haciéndose pasar por un pobre imbécil, y en ese caso, lo mejor sería hacer todo lo que le pidiera y tratar de portarse bien. Pero conforme iban pasando los minutos, cada vez le veía más lagunas a aquella idea. Tantas que hasta le estaba empezando a dar la sensación de que el agua le llegaba por la cintura.

- Me imagino que te refieres al techo
- ¡Eso! Va-vaya, eres muy inteligente.

Mientras Rumiel reflexionaba si aquello debía tomárselo como un cumplido o como un par de palmaditas en la espalda, el otro se fue aproximando hacia él para coger el vaso, y al acercarse, entornó los ojos y se quedó mirando fijamente al alquimista. Este no pudo evitar dar un paso atrás, intimidado. Nunca nadie le había mirado desde esa distancia, excepto su madre, y se preguntaba en qué momento el campesino sacaría el puñal con el que daría fin a sus días. Casi podía verse diciendo “Oh vaya, un puñal, qué sorpresa. Eres francamente innovador, sí…”.

Entonces él le hizo la pregunta:

- ¿Y tu barba la-larga y blanca?

Eso sí que le sorprendió. Esperaba que no formara parte de alguna treta en la que, dependiendo de la respuesta que diera, su muerte sería más o menos lenta y dolorosa. Tragó saliva.

- Yo eh… - ‹‹Bien, la balanza se inclina peligrosamente hacia la muerte más macabra›› - ¿Mi barba? - ‹‹Lo estás mejorando›› - No sé por qué me haces esa pregunta - ‹‹Ahora pensará que le tomas por idiota, y se supone que había que guardarlo en secreto››.
- Todos los ma-magos y hechiceros llevan la barba-ba blanca. ¿Dónde has meti-tido la tuya?

Las aguas de las lagunas de la relación hipotética campesino – psicópata definitivamente le llegaban por la cabeza.

- Oh dios…

De repente llamaron a la puerta violentamente. Rumiel sintió como su temperatura corporal descendía unos 20 grados.

- Oh mierda…

Tiraron la puerta abajo y entraron atropelladamente. ‹‹Genial, ya solo os queda derribar las paredes para terminar de dejarme sin casa››.

Una barra gruesa y enorme de madera entró por la pared derecha y salió por la izquierda, provocando un gran estruendo. Era sostenida por una especie de extremidad grisácea con dos orificios en lo que parecía ser el extremo. ‹‹Sí, ya me parecía a mí que no les quedaba mucho tiempo. Verás cuando mamá se entere…››.

Un par de soldados con el rostro y la cabeza ocultos en un manto negro, dejando a la vista solamente… la vista, se acercaron a Rumiel y lo levantaron dos palmos del suelo, agarrándolo por los hombros. De esta guisa, lo sacaron de lo que quedaba de algo a lo que anteriormente se le había llamado casa. Incluso alguna vez, cuando se levantaba de buen humor, se atrevía a llamarlo hogar.

- Os prometo que estaba a puntito de conseguirlo… - mascullaba.

Cuando la comitiva desapareció, de debajo de un par de tablas, Lui asomó su atontada expresión cubierta de polvo. Se dijo a sí mismo que nunca más volvería a hacerle la misma pregunta a ninguna otra persona que fuera candidato a llevar una posible barba blanca.

A falta de tener algo mejor que hacer, se encogió de hombros, volvió a cargar con el rastrillo (una de las pocas cosas que habían quedado obedientemente en pie), y les siguió.

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