Dejó
el rastrillo apoyado en la pared y giró sobre sí mismo mientras su mirada
recorría las paredes atestadas de estanterías en las que se intercalaban libros
con sustancias extrañas encerradas dentro de botes, frascos… Pero lo que más le
llamó la atención fueron los libros. Bueno, él ignoraba que ni siquiera esas cosas tuvieran nombre. Se preguntaba qué
interés podía tener el querer conservar así el papel, doblado y apretujado.
Todo el mundo sabe que si lo doblas es más difícil usarlo para liar
cigarrillos. Cada vez tenía más claro que estaba en la casa de una persona muy
extraña.
Su
mirada continúo subiendo, aunque no mucho porque tampoco es que aquello fuera
un palacio, pero de pronto sus ojos tropezaron con el final.
-
Va-vaya, qué ventana más grande tienes ahí en el… - Frunció el entrecejo,
invirtiendo todo su esfuerzo en tratar de expresar lo que quería decir -. En el…
O-oye, ¿no tienes suelo en la parte de arriba?
Rumiel
le miró, con cierta lástima. Llevaba el vaso de agua entre las manos, porque
empezaba a sospechar que aquel campesino podía tratarse de algún ladrón o
asesino que engatusaba a sus víctimas haciéndose pasar por un pobre imbécil, y
en ese caso, lo mejor sería hacer todo lo que le pidiera y tratar de portarse
bien. Pero conforme iban pasando los minutos, cada vez le veía más lagunas a
aquella idea. Tantas que hasta le estaba empezando a dar la sensación de que el
agua le llegaba por la cintura.
-
Me imagino que te refieres al techo…
-
¡Eso! Va-vaya, eres muy inteligente.
Mientras
Rumiel reflexionaba si aquello debía tomárselo como un cumplido o como un par
de palmaditas en la espalda, el otro se fue aproximando hacia él para coger el
vaso, y al acercarse, entornó los ojos y se quedó mirando fijamente al
alquimista. Este no pudo evitar dar un paso atrás, intimidado. Nunca nadie le
había mirado desde esa distancia, excepto su madre, y se preguntaba en qué momento
el campesino sacaría el puñal con el que daría fin a sus días. Casi podía verse
diciendo “Oh vaya, un puñal, qué sorpresa. Eres francamente innovador, sí…”.
Entonces
él le hizo la pregunta:
-
¿Y tu barba la-larga y blanca?
Eso
sí que le sorprendió. Esperaba que no formara parte de alguna treta en la que,
dependiendo de la respuesta que diera, su muerte sería más o menos lenta y
dolorosa. Tragó saliva.
-
Yo eh… - ‹‹Bien, la balanza se inclina peligrosamente hacia la muerte más
macabra›› - ¿Mi barba? - ‹‹Lo estás mejorando›› - No sé por qué me haces esa
pregunta - ‹‹Ahora pensará que le tomas por idiota, y se supone que había que
guardarlo en secreto››.
-
Todos los ma-magos y hechiceros llevan la barba-ba blanca. ¿Dónde has meti-tido
la tuya?
Las
aguas de las lagunas de la relación hipotética campesino – psicópata
definitivamente le llegaban por la cabeza.
-
Oh dios…
De
repente llamaron a la puerta violentamente. Rumiel sintió como su temperatura
corporal descendía unos 20 grados.
-
Oh mierda…
Tiraron
la puerta abajo y entraron atropelladamente. ‹‹Genial, ya solo os queda
derribar las paredes para terminar de dejarme sin casa››.
Una
barra gruesa y enorme de madera entró por la pared derecha y salió por la
izquierda, provocando un gran estruendo. Era sostenida por una especie de
extremidad grisácea con dos orificios en lo que parecía ser el extremo. ‹‹Sí,
ya me parecía a mí que no les quedaba mucho tiempo. Verás cuando mamá se
entere…››.
Un
par de soldados con el rostro y la cabeza ocultos en un manto negro, dejando a
la vista solamente… la vista, se acercaron a Rumiel y lo levantaron dos palmos
del suelo, agarrándolo por los hombros. De esta guisa, lo sacaron de lo que
quedaba de algo a lo que anteriormente se le había llamado casa. Incluso alguna vez, cuando se levantaba de buen humor, se
atrevía a llamarlo hogar.
-
Os prometo que estaba a puntito de conseguirlo… - mascullaba.
Cuando
la comitiva desapareció, de debajo de un par de tablas, Lui asomó su atontada
expresión cubierta de polvo. Se dijo a sí mismo que nunca más volvería a
hacerle la misma pregunta a ninguna otra persona que fuera candidato a llevar
una posible barba blanca.
A
falta de tener algo mejor que hacer, se encogió de hombros, volvió a cargar con
el rastrillo (una de las pocas cosas que habían quedado obedientemente en pie),
y les siguió.
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