viernes, 25 de enero de 2013

Capítulo V


Atrás quedaban los rosados pastos de la región de Nim. Iba montado a horcajadas sobre alguna especie de criatura gigante de color grisácea que no alcanzaba a identificar. A sendos lados de su cabeza tenía dos pliegues enormes, que Rumiel intuyó que servirían para emprender el vuelo. Un poco más adelante, a unos metros, se veía aquella extremidad sujetando todavía la gran maza con la que había derruido lo que quedaba de su casa.

Rumiel suspiró… O hizo el intento, ya que su estómago estaba aprisionado contra el cuerpo del animal. Lo que pasa es que si no suspiraba, la frase que cruzó su mente a continuación perdía cierto encanto: ‹‹Te echaré de menos, tú, territorio que has sido expuesto a todas mis ocurrencias. No te queda mal el rosa, la verdad››. En realidad no. A quién pretendía engañar, no lo iba a echar de menos. Quién en su sano juicio iba a echar de menos un lugar en el que el concepto “experimentar” se reducía dolorosamente a probar si eran capaces de derribar una pila de botellines de cerveza a escupitajos.

No, no lo iba a echar de menos. Lo que sucedía, y empezaba a temer el hecho de tener razón[1], es que probablemente, en cuanto cruzaran la frontera pasaría mucho tiempo antes de poder volver. Era ese tipo de cosas de las que uno está completamente seguro.

Se consoló pensando que, al menos, la noche anterior se acordó de cambiarse de ropa interior.

El jinete que iba sujetándole, levantó entonces el brazo en señal de alto y la comitiva paró en seco. Debía de tener un cargo muy importante, pensó Rumiel, porque de lo contrario todo el mundo le habría gritado si estaba esperando a que le cayera un anillo de fru del cielo.

Ah, los fru. Esos pajarracos inconscientes que se comen la paja de tu tejado en pleno invierno justo el día antes de que caiga el gran diluvio del año. Aunque eran considerados las aves más hermosas de todo el reino de Nirembelth, originarios de la misma región de Nim, Rumiel no tenía un bonito recuerdo de ellos. Además, ¿hermosos por qué? ¿Por su melódico canto, plumaje de colores armoniosos y cuerpo esbelto? ¿A quién le importan esas chorradas cuando tienes que estar arreglando tu tejado una y otra vez con la ropa calada hasta los huesos? Nadie en el pueblo entendió nunca su afán por esperarlos en lo alto del tejado con una rama gruesa. Es más, eso le costó más de una persecución campesina con sus hoces, antorchas y rastrillos, y demás parafernalia. Esas sí que eran unas noches completas, sí, recordaba Rumiel.

Sin embargo, aquellas riñas por parte de los campesinos estaban más que justificadas. Los fru eran bastante codiciados por las damas de la ciudad capital de Leth por culpa de esas arandelas que llevaban en sus patas. Los fru, en una de sus muchas trayectorias migratorias, mojaban aquellos anillos en las altas montañas del norte, donde se formaban cráteres con charcas de piedras preciosas que se habían derretido debido a las elevadísimas temperaturas y que quedaban a la intemperie. Existía la teoría de que aquello formaba parte de su ritual de apareamiento. ‹‹Eso es trampa. ¿Dónde quedó el tedioso ejercicio del romanticismo? Así cualquiera se las gana…›› mascullaba Rumiel y otros muchos… en fin, como él.

Por este motivo, cada pájaro tenía anillas recubiertas de zafiro, rubí, esmeralda… Y por este motivo, los comerciantes se afanaban por capturarlos y hacerse con ellas.

Lo que no entendían los campesinos de Nim, aunque Rumiel lo entendía perfectamente, no iba a ser él menos que nadie, era aquella necesidad de matar a las criaturas. Ni siquiera servían para comer porque sus cuerpos apenas tenían grasa debido a que eran pura fibra.

Eran ese tipo de absurdeces que en ocasiones los habitantes de Leth llevaban a cabo. Absurdeces que eran a la par que incomprensibles para unas mentes como las de Nim. Unas mentes que, debido a su condición de región campesina, no podían entender definiciones como las de mercado y economía, o competencia, o exclusividad de demanda… Claro que no. Por supuesto Rumiel todo esto lo entendía perfectamente, pero siempre había preferido no inmiscuirse en estas cuestiones.

- Hagamos un descanso, ya está bien por hoy – Dijo entonces la ácida voz del soldado.

Con un fuerte movimiento de brazo, tiró a Rumiel de la montura ante sus ojos abiertos de par en par al comprender lo que iba a pasar a continuación. Con su mirada atónita trataba de decirle, de la mejor manera que se le ocurría, mientras caía: “¡Serás hijode…!”.



[1] No temía al hecho en sí de tener razón. A eso ya estaba acostumbrado porque él siempre tenía razón. Algunas veces más, y la mayoría de las veces menos, pero oye, nadie había ido a su casa a retirársela…. Hasta ese día, todo hay que decirlo.

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