lunes, 7 de enero de 2013

Capítulo III


Lo vio pasar por encima de su cabeza, un montón de paja y madera ensamblada acababa de aterrizar delante de sus narices. Sí. No cabía duda de que aquello formaba parte de algo. En concreto, de la parte de arriba de una casa.

Sin embargo, en su cabeza sí cabía la duda. En aquella cabeza, es más, cabían demasiadas cosas, porque simplemente estaba llena de espacio vacío. Y lo que suele pasar con  las mentes en las que puedes provocar eco solamente con susurrar, es que son como una esponja esperando absorber cualquier estupidez con la que se crucen.

Y aquello por desgracia, era una estupidez.

- Estos pajaritos cada vez los hacen más raros.

Esa fue su majestuosa observación. Miró a su alrededor esperando, me atrevería a afirmar, encontrar a la mamá pajarito, pero en lugar de eso descubrió una casa a unos metros de distancia. Una casa a la que… en fin, le faltaba un buena parte de su estructura, pero evidentemente, para él aquello era un detalle sin importancia que no guardaba ningún tipo de conexión con el amasijo de paja y madera.

Volvía de trabajar, y el rastrillo cada vez se le antojaba más incómodo sobre su hombro. Y cuando se sentía molesto por algún motivo, sus neuronas se afanaban por hacer conexión y buscar soluciones a sus problemas. Por eso emprendió camino hacia la casa. Su instinto, el poco instinto de lo que podría ser un hombre inteligente, sabía que tenía que ir a aquella casa porque probablemente eso supondría hacer algo de provecho.

Llamó a la puerta.

Escuchó voces, el ruido de algún cacharro de cocina caer al suelo, un “Mierda, ahora no solo tengo un agujero en el techo, también en el suelo”, algunos pasos, la sensación de que te están observando por la mirilla, más pasos, de nuevo aquella sensación y, entonces, un chasquido que indicaba que habían abierto la puerta.

Apareció alguien con aspecto cansado, el pelo color castaño agolpado en su cabeza desordenadamente echaba humo desde las puntas. La túnica raída era un claro indicio de que llevaba un mal día. Y el hecho de que sus calcetines asomaran por la puntera de las botas subrayaba que no había esperanzas de que mejorara.

- ¿Quién se supone que eres tú?

El campesino dio un paso atrás ante aquella imagen. Alcanzó a comprender que esa persona podía tener un hueco en su lista de “peligros de el que uir”.

- Lui.[1]
- Eh… Ah… Bien. Bonito nombre supongo. Corto pero… en fin, dicen que el tamaño no importa y supongo que será verdad porque a mí claro ejé, nadie me lo ha dicho nunca porque – Y más bajito, añadió – porque nunca he tenido a nadie que me lo diga. ¿Qué se supone que has venido a hacer?
Lui se encogió de hombros, mientras varias gotitas de sudor se deslizaban por su frente. Quizás lo más inteligente era no responder y dar media vuelta. Pero eso habría sido lo inteligente.
- No-no lo sé. La señora Dof-dofnoven me hace esa pregunta constantemente y tampoco s-sé nunca qué responderle.

Hubo un silencio incómodo, en el que Rumiel trataba de masticar aquellas palabras poco más que balbuceadas.

- Quiero agua.
- Oh dioses, no me hables de agua precisamente hoy…
- ¿Pu-puedo pasar? El rastrillo me pesa.
- Esa es una pregunta cuya respuesta, técnicamente, sería afirmativa pero he de decir que no es momento para… ¡Eh!

Lui solo había entendido la primera palabra que el mago, alquimista, loquefuera, había pronunciado. Y lo interpretó a su manera. Y entró.



[1] Si estuviéramos hablando de una persona con un coeficiente intelectual que superara los números negativos, su nombre podría haberse escrito perfectamente como “Louis”. Sin embargo, a fuerza de estar toda su vida escribiendo* “Lui”, aquel  pobre nombre había perdido toda esperanza de pertenecer a una categoría más sofisticada de nombres y había acabado por darse a la bebida.
*Y quien dice escribir, dice apuñalar el papel con la pluma.

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